Lecciones teóricas y laboratorio

– La gente es muy envidiosa. No le des importancia, dice ella mientras llena el vaso hasta la mitad.
– Pero ¿por qué podrían sentir envidia por algo así?
– Nadie es feliz. Y todo lo que se acerca a ese estado en otros les recuerda su propio desastre. Su soledad, contesta ofreciéndole la copa.
– Sin embargo, estar enamorado no es exactamente lo mismo que ser feliz. Quizás sea todo lo contrario, dice después de dar un pequeño sorbo. Todos parecen creer que el amor es cosa de dos personas ligadas por algo maravilloso cuando, en realidad, es cosa de cada uno. No podemos entregar lo que nos piden en el momento exacto, ni de la forma en que lo demandan. Tal vez, ni siquiera lo tengamos, tal vez no lo tengan. Y eso nos obliga a convertir la realidad en un puñado de invenciones que vivimos en un lugar imaginado antes de tiempo. No parece que eso haga feliz a nadie. Salvo que quieras vivir un cuento en el que debes ser un malabarista o un gran actor y te baste con ello, claro.
– Ves eso es lo que te envidian. Sabes el terreno que pisas. Enseñas al otro el terreno que va a pisar antes de llegar. Seguramente no hace feliz a nadie, pero evita que te sientas y que se sientan más desgraciados de lo que son; hace posible una gestión coherente de lo que hay delante. La gente anda perdida, casi nadie sabe hacia donde va. Se lo inventan y se conforman hasta que fracasan. Por eso muchos quieren parar y dedicar su tiempo a jugar a los besos y a las familias. Es mucho más cómodo al principio. Lo malo llega cuando hay que continuar porque el mundo ha desaparecido o no se reconoce.
– No me importa estar parado un rato contigo. Tampoco pasa nada por dejarse llevar y dejar descansar las ideas. Y no llega a dos años.
– Llevo parada como un clavo desde que te conozco, querido.
– Entonces es eso lo que envidian y no tanta teoría. Ven, anda. Pero deja el vaso, no te va a servir de nada durante un rato.


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