Lejos del enjambre

Hoy he comido solo. Asomé la cabeza en un par de sitios que me parecieron enjambres. He visto una pequeña tienda de ultramarinos, de las de toda la vida, de esas en las que se respira un aire cálido y húmedo, en las que huele a legumbre vieja. Todo en esos sitios es viejo. Compré un paquete de galletas. También de las de siempre.
Comer sentado en un banco. No recuerdo los años que han pasado desde la última vez. Seguramente era estudiante y comía cualquier cosa en la calle para sisar unos duros de lo que me daban mis padres. Entonces lo hacía en compañía. Éramos ejército de pobres estudiantes.
Hoy, sin embargo, he comido solo.
Mientras mordisqueaba las galletas leía un libro de poemas. René Char. Si estar sentado en medio de una calle de Madrid, con el traje azul marino recién sacado del tinte y los zapatos limpios como la patena, te hace sentir extraño, leer poesía al mismo tiempo, te convierte en figura de mármol caro.
En un restaurante, comer solo es triste. Siempre me lo pareció. Hacerlo en la calle y aprovechar para leer un rato es estupendo.
Me dieron ganas de quitarme la chaqueta y los zapatos, tumbarme y cruzar las piernas a la altura de los tobillos. Sólo me quité el abrigo.
Mucho frío.
Y me he sorprendido suspirando. Poco antes había dejado el libro sobre el banco y había apoyado bien la espalda contra el respaldo de madera. Suspirar. “Y cada suspiro / un remanso / del grito” . Eso es lo que García Lorca decía.
¿Qué grito reposa en los míos? Eso es lo que no dejo de pensar mientras escribo. Quizás tan sólo sea el remanso de la imagen de los restaurantes que no me han gustado y no he convertido en grito de angustia, de la gente apretada para poder comer rápido que han quedado grabados como si fueran una piara, remanso de lo bien que me encuentro sentado bajo un sol que acalora más de la cuenta y que tampoco puedo verbalizar porque no quiero que exista nadie más que yo. Quizás sea eso. Quizás sea otra cosa que de momento no quiero saber.


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