Límites

Tuvieron que pasar muchos años hasta que comprendí que los límites existen; que son importantes, muchas veces inamovibles. Siendo niño, ni entendía, ni sabía qué era eso; buscaba, probaba e iba descubriendo. Siendo joven, arranqué todas las señales que encontré por el camino; me sentía inmortal, nada de lo impuesto parecía ir conmigo. Llegada la madurez, me topé con todos ellos; estaban donde tocaba porque nunca nadie los arrancó salvo yo mismo utilizando la imaginación.
Los límites están colocados en el lugar justo. Sólo lo extraordinario puede acabar con ellos durante un periodo de tiempo. Pero regresan al lugar exacto. Siempre lo hacen.
El ser humano, desde que lo es, ha intentado ponerlos nombre, darlos forma, representarlos de una manera comprensible. Sin demasiado éxito. Religiones con el miedo por delante, leyes con la vocación de ordenar un día a día caótico, torturas rebasando cualquiera de los límites existentes para intentar colocar otros distintos. Incluso, el hombre ha hecho uso del sentido común para establecer un orden y fijar esos límites. Y eso de utilizar el sentido común, como todo el mundo sabe, se deja para ocasiones especiales y de importancia.
¿Dónde están situados los límites? ¿Se puede saber algo así? Naturalmente, no hay nada ni nadie que indique el lugar exacto en el que se encuentran. Además, los personales no coinciden con los que colocan las sociedades, las religiones o la moral. Cada cual coloca los suyos pensando que el lugar exacto es el elegido. Y cada cual los sobrepasa si encuentra una excusa potente.
Pero, entonces ¿hasta dónde debo llevar las cosas si es por amistad? ¿Debo ser leal hasta la sumisión? ¿La dignidad de las personas es la misma si hablamos de un asesino o un niño recién nacido? Preguntas que nos llevan a otras más difíciles de contestar. Pero una contestación sirve para todas las preguntas: si el sujeto comienza a retroceder como persona, si su esencia se ve dañada o, simplemente, amenazada; el límite está allí, en ese lugar exacto. Y hablo de todos los sujetos que se vean involucrados en una misma situación.
Cualquier relación entre individuos debe plantearse en igualdad de condiciones. Si uno se convierte en esclavo, en un ser sumiso o pierde algo de su esencia; la relación, sencillamente, debe eliminarse. Siempre que pienso en esto, me viene a la mente Hitler y los que le rodeaban. ¿Fueron leales a Hitler o perdieron por el camino toda la lealtad que nos debemos a nosotros mismos? ¿Eso es lealtad o idiotez? ¿Puede alguien sentirse leal asesinando a medio millón de niños en las cámaras de gas? Rebasados los límites ya no hablamos de lo mismo. Amistad, amor, lealtad, solidaridad o lo que sea, desaparecen para dejar espacio a la locura, a la falta de humanidad, a la esclavitud, a la violencia o a lo que sea. Y estas últimas nunca pueden aparecer en nombre de los valores. El ser humano, al traspasar los límites, se asoma a un abismo tremendo. Desde allí se observa lo que uno no puede ser y, sin embargo, ha llegado a tocar. Momento de regresar y asumir que los límites son intocables. Toca regresar si es que se puede.
Pienso en las cosas del amor. La tendencia es arrasar con los límites. Sobre todo en esa fase de enamoramiento que nos convierte en idiotas transitorios. Si esos límites se rebasan suelen generarse problemas. Dejar todo por el amor a un hombre o a una mujer (menuda tontería). Dependencia absoluta de uno respecto al otro. Sumisión. Relaciones que se establecen desde la desigualdad y terminan en terrenos muy delicados, insoportables y peligrosos.
Hay que sentirse libre para poder serlo. Por tanto, no es posible manejar valores si otro o uno mismo traspasa esos límites tan difusos. No es posible la lealtad, el amor, la amistad, la valentía o la honestidad, si una de las partes está más allá de la frontera. El que transita los territorios que están más allá suele estar perdido. ¿Cómo alguien puede pensar que una paliza a la esposa está justificada? Sólo estando perdido, vagando sin rumbo, equivocado, condenado y condenando a otros.
¿Dónde están los límites? En nuestra esencia. En la suma de nuestros aciertos y de nuestros errores.


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