Llega el otoño

El otoño asoma entre las dudas de una brisa traicionera que nos hace pensar en lo prosaico cada mañana. Qué me pongo, manga larga o una chaqueta fina, falda o pantalón, la americana de entretiempo o sigo con la de verano. Y, mientras decidimos entre una cosa u otra, las primeras esperas en el ambulatorio o en la sala de urgencias de cualquier hospital se hacen interminables. Resfriados, gripes estomacales, mocos, muchos mocos, estornudos, crisis de ansiedad porque los niños se ponen malos y no hay quien lo soporte, crisis de ansiedad porque los abuelos recaen y no hay un Dios que lo soporte, crisis de ansiedad porque los abuelos y los niños se han puesto de acuerdo y están todos enfermos y me dan la baja (doctor, por su padre) o palmo en veinticuatro horas. Llega el otoño y el reencuentro se produce. Vecinos, gentes que conocimos durante las esperas de antes del verano, vecinos que no soportamos y que nos hacen la cosa más llevadera cuando les vemos mucho peor que nosotros mismos, los setecientos cincuenta mil ancianos que siempre están allí y que han visto a tus hijos crecer entre vacuna y vacuna, la pesada de siempre que te cuenta la enfermedad del crío, la pesada de siempre que trata de sacar información sobre la enfermedad del resto, el memo que espera a distancia para que su niño no se contagie, el que llega tarde y suplica su turno perdido, el que llega pronto por si cuela (en un mundo de fieras casi nunca sucede semejante cosa), la abuela con prisas por ser atendida aunque todo lo que tiene que hacer esa tarde es coger un taco de recetas, el chalado que pide una caña de cerveza en el mostrador y cuando le dicen que allí no tienen les pide un vinito muy frío, el organizador de colas, el matrimonio que nos saca de quicio porque se colocan frente a la puerta de la consulta (a unos centímetros) aunque no les corresponde entrar hasta media hora después si les sonríe la fortuna, un rumano que no se entera de nada, un colombiano al que, a pesar de enterarse, le importa todo un bledo y hace lo que le parece, el español que se queja de la cantidad de rumanos y de colombianos que hay por todos los hospitales, el niño que se rasca la cabeza y hace que se lleve las manos al pelo (con mucho disimulo) la consulta entera, a excepción de los ancianos que están de vuelta de todo y el rumano que sigue sin enterarse de nada. La masa formando un conjunto armónico gracias a la pregunta que todos realizan sin descanso al que tienen pegado: ¿A qué horas estabas citado tú? Una forma como otra cualquiera de rebajar la angustia que genera la espera y saber que corres peligro de enfermar gravemente.
El principio del otoño. Las primeras enfermedades respiratorias. Volver a esa consulta que es como nuestra propia casa. El mundo vuelve a ser lo que era antes de creer que la vida es bella, mientras estábamos en la playa, antes de ser buscados en cuatro galaxias. Nosotros y nuestras tarjetas de crédito.
Todo en la vida es reflejo de otro pedazo de mundo y el otoño también. A las consultas médicas llegamos con gripe, con un catarrito de nada o con cistitis. Corremos el peligro de salir con un principio de tuberculosis a cuestas, la cabeza llena de piojos o con nuestra cistitis multiplicada por mil después de entrar en el lavabo. Eso es lo mismo que ocurre cuando cruzamos la puerta de unos grandes almacenes. La idea era comprar un paquete de chicles y salimos con suavizante, galletas rellenas de chocolate, cuarto y mitad de gambas para sorprender en casa, una lata de paté, una caja de cereales para los desayunos que nunca terminamos porque nos parecen repugnantes, algunos congelados que siempre sacan de apuros y un paquete de pilas alcalinas. Siempre hay un reflejo.
No puedo evitar pensar ahora, en este momento, que el otoño tiene muy mal apaño en poesía. Muy malo. Cuando se piensa en las palabras con las que contamos para rimar la dichosa estación, suelen venirnos a la cabeza palabras que suelen ser feas o que tienen que ver con las cistitis. Y nos encontramos, de nuevo, en la consulta del ambulatorio. Fealdad, cistitis, mal apaño. Todo lleva al mismo sitio. Qué gran espiral es la vida. Hay que ver.
Desde la ventana de casa veo que las aceras comienzan a cubrirse de hojas amarillentas. Y si espero un rato veo como llega el ejército de ancianos con sus recetas en la mano, un grupo de emigrantes, cientos de madres que vienen de buscar al niño y que van corriendo al médico, hojas, gente, papeles. Igual, igual que en la consulta o en la sala de urgencias del hospital.
El otoño asoma entre las dudas de una brisa traicionera que nos hace pensar en lo prosaico cada mañana. Y cada tarde. En todo momento. Qué tristeza saber que todo, al final, termina en eso, en unos piojos, unas recetas o una cistitis. Y es que en esta época del año ser feliz es casi imposible. Ojalá llegue pronto el verano para que nos podamos inventar un mundo mucho más estúpido y divertido. Puestos a ser prosaicos que sea con rotundidad y eso.


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