Llega la navidad y la casa sin barrer

Uno de los personajes más divertidos y auténticos de la historia es el Grinch. Más mala leche no se puede gastar; la navidad en sus manos es un juguete descacharrado, una baratija. No hay niño sin lágrimas ni adulto avergonzado por serlo. El Grinch es el héroe navideño más descarado, perverso y atractivo. Es lo que hace falta en una época del año como es nuestra entrañable navidad.
Hace algunos años, la navidad era un momento de verdadera celebración para los cristianos de todo el mundo. Tuvo tanta importancia y fue tan influyente que todos se iban apuntando a los festejos, bien por simpatía, bien por ganarle unos días de descanso al año laboral. Eso de la paz, la humanidad a flor de piel, la bondad como bandera y el yo corazón tú, se vendió muy bien y todo se deslizaba, durante unos días, hasta una impostura que se extendía por todos los rincones del mundo. Hasta las guerras se paraban los días más señalados. La navidad era la navidad. Dios nacía y hasta el más pintado prefería creerlo o dejaba que los demás creyeran porque la cosa era pintoresca y muy bonita. Ya saben: los pastorcillos, los Reyes Magos de Oriente, el belén, una cena especial, el hermano que venía a vernos y luego dejaba de hablarnos un año entero. Esas cositas.
Actualmente, la navidad es un momento de gran exaltación. Todos celebramos nuestro poder adquisitivo por pequeño que sea, nuestra capacidad para actuar frente a los que odiamos llegando a hacerles dudar sobre si ese amor mostrado durante unos minutos es una figuración o tan real como los billetes de cincuenta euros. A esto se apunta el que puede y el que no puede. Para eso es navidad, coño. Otra impostura que trata de maquillar nuestro estado de ánimo habitual. Entre copas y obsequios todo queda oculto. Dios y su nacimiento y los pastorcillos y esas cositas son asuntos tangenciales e irrelevantes.
Todo esto es una muy mala noticia para el Grinch. Pronto se quedará en el paro si es que no lo está ya. Y no por un ajuste presupuestario. Es el único caso conocido que se quedará sin empleo por exceso y no por defecto. Entre todos hacemos su trabajo a las mil maravillas. Qué mala suerte la del Grinch. Pero así están las cosas. Hemos jodido la navidad sin su ayuda.
El espíritu navideño de hoy es tan descaradamente falso, tan perverso y tan atractivo (por ser tan cómodo de adoptar) que el Grinch no tiene nada que hacer. Dinero, comida a espuertas que se tira en buena parte y mucha gilipollez. Nos importa poco el hambre en el mundo, los desastres naturales, las guerras o las calamidades que asolan el planeta. Enviamos unos eurillos para salvar la cara, para lavar una conciencia llena de mugre y poco más. Es verdad que en navidad nos ponemos más melosos y nos besamos, nos ponemos más estupendos y enviamos correos electrónicos horteras que hemos copiado de páginas espantosas dedicadas a decir ñoñeces, nos ponemos muy humanos y pensamos en invitar a sentarse en nuestra mesa al pobre del barrio (algo que nunca ha sucedido ni sucederá jamás); todo esto, es verdad, pero resultamos patéticos, falsos y ridículos hasta la extenuación. Ya lo veía muy bien el Grinch.
Somos un desastre. Somos como el Grinch, pero de pacotilla. Porque nosotros, a diferencia del personaje, no tenemos ni puta gracia.


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