Lleno de pliegues

La diferencia entre ponerse unas botas de agua a los dos o a los cuarenta años es grande. Si eres un niño significa que vas a meter los pies en los charcos sin recibir a cambio un grito de papá porque ese día toca pisotear el agua. Si ya eres adulto calzarse las botas de goma significará que, o tienes que arreglar medio jardín, o eres obrero de la construcción y vas a caminar por encima del cemento aún blando, o que se te ha inundado el garaje. Nada bueno. Además, sea cual sea la opción, te reñirán. Por no hacer las cosas bien, por hacerlas tarde o a destiempo, por no trabajar tanto como el jefe quiere o, simplemente, porque a otro se le antoja. Un niño de dos años se ve de lo más gracioso cuando sale de su casa con sus botas de goma, con su capa de agua. Un adulto vestido así suele parecer un ser de otro planeta. Eso o eres guardia civil de carretera que está de servicio un día de lluvia. Una irrisión, una personita graciosa o un agente de la benemérita.
Lo mismo pasa con un lazo. Una mujer de, pongamos, cincuenta años, con un lazo en la cabeza, de raso rosa y enorme, nos parece una cursi, una ridícula y una hortera. Eso o una gilipollas. Sí, que nadie se lleve las manos a la cabeza. Frecuentemente los demás nos lo parecen. Y si llevan lazos en la cabeza con más razón. Sin embargo, si es una cría la que luce el raso de color chillón, nos puede hacer gracia y todo. Como mucho pensamos que es cursi y que la idiota es la madre. Nunca la criatura. A esa misma niña la podríamos ver disfrazada de enfermera. Con su cofia, con su pichi blanquito y sus sandalias. Qué rica está, mira lo guapa que nos ha salido, dirán sus padres. Si es su madre la que se disfraza de esa manera la miraremos pensando que es una mujer muy ligerita de cascos. Una fresca como dicen las señoras mayores. Y si no es una fresca es que es gilipollas por llevar esas pintas. Ni siquiera una fiesta de disfraces suavizaría la cosa, creo.
Casi nada hace que un adulto parezca lo que no es. Un tipo maleducado, soez y estúpido puede conducir el coche más caro del mercado. Eso le convierte en un tipo maleducado, soez y estúpido subido en el coche más caro del mercado. No cambia nada. Como mucho se transforma en el blanco de esos insultos que se dicen con ganas, rozando el odio auténtico que sentimos sin saber porqué. Es muy posible que viendo a este sujeto pensáramos que es un auténtico macarra con dinero, un paleto con pasta, un nuevo rico que no hace otra cosa que mostrar medallas de oro espantosas, robar, traficar con drogas o maltratar a su novia. Ya saben: un gilipollas.
Miramos a los niños intentando imitar lo que hacen cuando son ellos los que nos observan. Sin buscar pliegues en lo que vemos. Pero un adulto inevitablemente hace justo lo contrario cuando lo que tiene delante es un igual. Prescinde de lo externo e intenta llegar más allá de lo que le muestran. Incluso inventando lo que le parece más adecuado. Una primera impresión puede variar por un ademán del otro interpretado como incorrecto. Qué chico tan majo o menudo idiota. En un rato. Queremos descubrir como un niño, pero como un niño lleno de mala leche. Como un niño gilipollas. Quisiéramos ser siempre niños, saber lo que un adulto siendo inocentes, mantener intacta la disposición que tuvimos a los siete u ocho años ante el mundo, ver a una mujer disfrazada de enfermera sin pensar en cómo es de fresca. Y no; simplemente es imposible. La experiencia es una carga que llevamos escondida entre los pliegues, es lo que nos convierte casi siempre en algo peor. Sí, en algo peor. Por eso nos interesa descubrir lo que esconden otros en los suyos. Y por eso nos disfrazamos tan a menudo, esa es la razón: tapar lo que nos convierte en lo que somos, eso que no nos gusta ni un poquito. Ni sabemos mirar con inocencia, ni dejamos que nadie sepa lo que escondemos. Como lo haría un niño con mala leche. Un niño gilipollas.


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