Lo fatal de descubrir

El muchacho abre el libro y se encuentra con su poema. Nunca pensó que algo pudiera decirse mejor, que nada pudiera estar escrito para él, solo para él. Lee despacio para encontrarse con un incierto futuro que antes le convertía en inmortal. “Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,/y más la piedra dura porque esa ya no siente,/pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,/ni mayor pesadumbre que la vida consciente. “ Lo vulnerable aparece entre una declamación que quiere ser perfecta, reflejo del propio Dario. La muerte toma forma desde la vida. Hace que se retuerza la mente. Descubre que ser escritor significa ser honesto con las miserias, mirarlas como si fueran los únicos tesoros. “Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,/y el temor de haber sido y un futuro terror…/Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/y sufrir por la vida y por la sombra y por/lo que no conocemos y apenas sospechamos,/y la carne que tienta con sus frescos racimos,/y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,/¡y no saber adónde vamos,/ni de dónde venimos!…” Se siente diminuto, atacado por lo inofensivo. Lo bello es cuento de hadas.
Se levanta y camina deprisa hasta la habitación que está al final del pasillo. Intenta respirar con calma, como lo haría una persona adulta que ya lo tiene pensado todo o que no ha pensado nunca una sola idea. Otro muchacho, algo mayor que él, le mira sonriendo. Todos tenemos la obligación de morir, la obligación de mirar de frente a un destino oscuro, le dice. El muchacho comprende. Y ahora ¿qué puedo hacer?, contesta sin fingir el miedo. Dibuja tu vida, la que quieres que sea, procura que todo sea como imaginas, fabrica una vida a medida, dice con calma. El muchacho cree entender. Regresa repitiendo los versos que ha logrado memorizar. No sabe qué puede cambiar, ni cómo hacerlo. No entiende lo que sucede.
Se sienta. Toma papel, lápiz. Comienza a escribir. Ahora, la muerte toma una forma prestada desde otra vida que explica.


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