Lo justo

Se llama Hermina. Nos la presentó el muchacho que nos trae la compra desde el supermercado del barrio. Es rumano, como ella. Desde el pasado lunes nos ayuda haciendo las tareas domésticas. Apenas habla castellano. Palabras sueltas, cuatro o cinco expresiones, poco más. Ayer, antes de irse, dijo “hola, buenas noches”. Eran las siete de la tarde.
Siempre sonríe. Va de un lado a otro de la casa como si tuviera prisa por agradar. Plumero en mano o fregona en ristre recorre el pasillo, una y otra vez, sudando la gota gorda. Le ofrecemos, cada poco, algo para beber porque creemos que se está deshidratando. Incluso los niños lo hacen al ver como trabaja. Cuando se cruza con ellos (es decir, cada dos o tres pasos) se para y les acaricia. Siempre lo hace. Ella tiene una hija de once años que ha dejado en Rumanía a cargo de su madre. Parece estar ansiosa por tener un crío cerca. Con gestos amables, nos explica que intentará ir a por ella lo antes posible. Antes, quiere ahorrar algo de dinero para tener su propia casa.
Germina cobra su trabajo por horas. Cuando le preguntamos lo que quería ganar, mi mujer se negó. “Si hemos estado pagando a una española, sin rechistar, lo que nos parecía justo, no vamos a rebajar a la mitad lo de esta mujer. Ser rumano no es lo mismo que ser esclavo”. Germina encantada, claro. Y nosotros. Trabaja mucho, trata muy bien a mis hijos y, además, gana lo que merece.


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