Lo sabía

Gonzalo ha cumplido quince años. Todo un hombre. Así que el día, uno de los peores que recuerdo en muchos años y por muchas razones, ha estado salpicado de alegrías y sinsabores. Un cumpleaños y un millón de desastres. He salido de casa a las siete de la mañana y he regresado a las onde de la noche. Estoy cansado, abatido y, por supuesto, orgulloso por los quince años de Gonzalo Ramírez.

Hoy terminaba (entre otras cosas) el curso en la Escuela de Letras. Mi grupo ha sido el último en hacerlo. Suele pasar que mi tendencia a la dispersión me hace descolocar los calendarios. Antes de acabar, escapando de lisonja fácil o comentarios lacrimógenos, nos hemos dicho lo que tocaba. Ni más ni menos que gracias (unos a otros).

Creo que puedo recordar, sin excepción, a todos y cada uno de los alumnos que han pasado por mi aula durante estos años. Seguramente ellos a mí no. De este grupo, al que he acusado durante el curso de ser lo peor de la historia, me quedará un recuerdo muy especial. He conseguido que dos jovencitas se hagan mayores, que la chulita siga pareciéndolo sin serlo, que la perfecta haya sabido esperar soluciones que llegan desde el caos más absoluto, que la última en llegar no fuese nominada, que el que mejor narra se marche con la sensación de no tener nada ganado y que la más loca apareciese por clase de vez en cuando. Sólo espero, lo deseo con todas mis fuerzas, que tengan una miajita de suerte en la vida. Otro grupo que tendré que inscribir en mi diario como lo peor de lo peor. Cada año lo hago con el de turno.

Pero hoy han terminado más cosas. No son asuntos que pueda ventilar aquí. Afectan a otras personas, a vidas que mañana estarán al borde de un precipicio. Es en momentos como este cuando uno maldice sus responsabilidades, el dinero que llega cada fin de mes a cambio de tener que pasar por momentos lamentables e infames para otros.

Sabía yo que hoy sería un mal día. Dejo atrás a personas a las que aprecio, por las que me siento querido, gentes que han depositado en mí su confianza. Lo único que he podido salvar son esos quince años de Gonzalo. Y los buenos recuerdos que no hay quien toque.


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