Los años

Los años te enseñan a disfrutar de lo que tienes (sea mucho o poco), a adaptarte a un mundo que quisiste cambiar y se mostró terco, a rutinas odiosas que terminan en la lista de indiscutibles por necesarias, a caminar por un sendero cubierto por las hojas secas que cayeron el primer día que el mundo fue mundo y que nadie ha podido recoger.
Los años encogen el horizonte. Intentas modificar el trayecto para agrandarlo de nuevo, pero te encuentras ante uno distinto, un poco más pequeño. El que marcaste tú solo aunque te empeñes en culpar a unos y otros. Tú solo. Y cuando lo asumes comienza el tiempo del disfrute. Eres lo que eres.
Los años van pasando para que todo encaje en el lugar exacto. No hay piezas de más. Ni de menos. Las defectuosas terminan siendo perfectas. Eres el centro de la imagen que se dibuja con lentitud.
Los años caen repicando a muerto sobre los hombros, avisando, convertidos en faro inesperado. Iluminan un último momento que nunca vemos cerca. Ahora, ya lo sabes.
Los años no tienen importancia porque van pasando los minutos, horas de tranquilidad, instantes que acumulan toda una experiencia. Disfrutas de lo que tienes, de lo que eres. Aquel mundo mostrenco se ha convertido en cosa pequeña que puedes arrugar y guardar en el bolsillo. Mientras crujen las hojas secas bajo tus pies.
Sigues vivo.


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