Los excesos del pasado

Siendo niño, cayó en mis manos un libro que hablaba sobre el holocausto judío durante la segunda guerra mundial. Me lo tragué de un tirón y me impactaron mucho las fotografías que mostraban aquellos horrores. De hecho, hoy sigo mirándolas atónito. Recuerdo que la pregunta que me hice desde las primeras páginas tenía que ver con la docilidad de aquellas personas. ¿Cómo podían dejarse llevar a base de golpes, cómo permitían que les tratasen de ese modo? ¿No hubiera sido mejor arremeter contra aquellos bestias y morir intentando cambiar las cosas? Con los años he aprendido que el miedo lo arranca todo de su sitio, que una persona aterrada no es capaz de nada. Sobre todo, deja de pensar, reduce a la mínima expresión su condición humana y deja al descubierto la animal. El miedo. Nada puede hacerse si el miedo se acomoda en la inteligencia humana. Y el pueblo judío estaba atenazado por él. No había ni una sola posibilidad de salvación frente a los que ejercían su poder.
Una de las preguntas que más he oído formular hoy es si nunca vamos a movilizarnos. ¿Qué tienen que hacer, qué tiene que pasar para que nos pongamos en marcha y en serio? La gente se pregunta y no encuentra solución. Claro, es que tenemos miedo. Mucho miedo. Mucho más del que estamos dispuestos a reconocer. Miedo a perder lo que tenemos, miedo a no poder ir de vacaciones, miedo a que nuestros hijos no puedan estudiar una carrera universitaria, miedo a que nos pongan de patitas en la calle en nuestros trabajos; en definitiva, miedo al fracaso. La siguiente pregunta, lógicamente, es en qué consiste fracasar. Aquí las respuestas son menos. Fracasar es no tener dinero para pagar la hipoteca, no tener dinero para mantener un nivel de vida razonable, no tener dinero a secas. Esa es la respuesta estrella. Claro que lo es. Porque tenemos miedo. Pero la respuesta es otra: fracasar es no pensar, no hacer lo que tenemos que hacer como seres humanos que somos. Sí, queridos, sí. Ya sé que esto parece anacrónico, sentimental en exceso, romántico y cosa de loco. Pero es lo que debería ser. Nos han enseñado que la cosa iba de tener y nos lo hemos creído. De hecho los que tienen dinero y no les falta de nada creen que son lo más de lo más aunque sean más tontos que pichote. Sin pensar, sin defender nuestra condición, sin luchar por el conjunto de la sociedad (incluidos esta banda que aplaude reducir el sueldo a los funcionarios o dejar en la calle a millones de parados), sin tener unos ideales que defender, nos reducimos a un rebaño fácil de controlar y que se puede dejar llevar al matadero sin decir ni pío. Ya sé que esto puede parecer palabrería. Pero no lo es. No lo es al menos para el que escribe.
Ayer nos dijeron que los excesos del pasado se pagan en el momento presente. Ya. ¿Los excesos? Si yo no he cometido ninguno. Ninguno. ¿A qué excesos se refieren? Los únicos que conozco son los sistemas educativos que han destrozado las humanidades sin piedad, una religión terrible y demoledora que nada tiene que ver con Dios y que llevó bajo palio a señores vestidos de uniforme, unos medios de comunicación vergonzosos que manipulan la información, una clase política más que mediocre que ha robado a manos llenas. Y estos excesos tampoco los he cometido yo. Así que si hay que pagar algo tendrán que empezar por detener a los malos y reclamarles el dinero.
Pues bien, nos dejan sin ideas y nos piden responsabilidades. Han vivido ustedes por encima de sus posibilidades, nos dicen. Yo no. Que no, hombre, que no. Que los ladrones son otros. No señalen ustedes a los que no tienen culpa.
Han conseguido que parezcamos un rebaño. Sí, han sido astutos. Pero esto no puede seguir así. ¿No vamos a ser capaces de pensar, de tener ideas, de querer cambiar las cosas? ¿No vamos a ser capaces de decir lo que pensamos sin miedo a que alguien tome represalias? ¿Queremos vivir así? El verdadero fracaso de una persona es acostarse cada día sabiendo que ha comulgado con ruedas de molino, que deja el valor en casa cada día, que no tiene nada que ofrecer a sus hijos salvo algo de dinero para que estudie, que confunde la felicidad con comprar objetos inservibles.
Los excesos del pasado son las cosas que dejamos pasar por comodidad, por egoísmo. Eso son los excesos que estamos pagando y que debemos asumir como un gran error. Porque, a los que se refería ayer el señor Rajoy, los han cometido unos pocos; los que quieren llevar al rebaño hasta una posición de ventaja para ellos; a base de amenazas.
Piensen ustedes sobre todo esto. Merece la pena reflexionar. Ha llegado el momento de recuperar el terreno perdido. Y no hay otra forma que no sea esa.


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