Los motores del mundo

Los que me conocen o me leen, saben que siempre he defendido que el mundo funciona más movido por la venganza o la envidia que por el amor (afirmación que parece odiosa a muchos, pero que a día de hoy nadie ha podido desmontar en este blog). Es más, si dependiera de ese amor, nuestra civilización estaría estancada desde sus orígenes. Cualquier tipo de amor paraliza la acción común, reduce el entorno a lo particular, intenta una continuidad placentera en la quietud. Y la civilización nunca necesitó de algo así. Es enorme, necesita estar un movimiento. Eso del amor forma parte del deseo universal aunque, como casi todas esas cosas esperadas, no llega ni a la de tres. Desde luego, el amor no es motor que sirva para hacer avanzar. Sin embargo, la venganza o la envidia hacen que el ser humano se mantenga en constante movimiento; bien a la caza, bien escapando del posible castigo. Ya se que hay otras cosas haciendo que la maquinaria no se detenga, pero son estas que digo las que involucran dos partes que se ponen en funcionamiento y con más regularidad. Mires donde mires, allí están. Una, la otra o ambas al mismo tiempo. Por ejemplo, la codicia nos sacude de forma individual. Si alguien quiere crucificar al codicioso (cosa poco probable en el mundo de hoy que está llena de ellos y de muchos más que se lo consienten pensando que algún día serán ellos los llamados a comprar objetos lujosos), si alguien le quiere hacer picadillo, digo, en principio, el sujeto se maneja solo ante una situación concreta, si quieren con una camarilla alrededor que buscan lo mismo, ordenados por su propia codicia. Y les perseguirán como venganza o con envidia; la codicia (como casi todo) es el vehículo para que aparezcan nuestras necesarias y mugrientas venganza y envidia.
Pues bien, llevo unos días preguntándome para qué sirve empeñarnos en querer hacer trizas al que nos convirtió en fosfatina o para qué sirve desear que otro pierda lo que tiene porque yo no puedo acceder a un bien determinado. Francamente, no le veo utilidad alguna a la cosa.
Y hay algo que no termina de encajar. Si esto que digo fuera cosa del tonto del pueblo o de una banda de tarados, encontraría la lógica justificación después de dar al asunto dos o tres vueltas. Sin embargo, hay sujetos muy inteligentes (muchos dicen serlo aunque no sirven porque son tan tontos como los demás) que se lanzan a envidiar o tras el primero que pasa por delante acusándole de esto o aquello para cobrarse su merecida venganza. ¿Por qué hasta una mente brillante se desploma ante asuntos estúpidos que se justifican con excusas torticeras? ¿Somos todos sin excepción más tontos que pichote? No, no es eso. ¿Queremos reafirmarnos en lo que somos y no consentimos que nada ajeno nos impida hacerlo? No, tampoco. Muchas veces envidiamos o queremos arrancar la piel a tiras sin razón alguna, sin que nos toquen de cerca los problemas. Podría ser que el ser humano desea ser poderoso a toda costa. Dado que somos, en realidad, muy poca cosa; la forma de fantasear sobre la falsa grandeza, tal vez, es pisotear a otro. Quizás todo lo envuelva el miedo. Miedo a nosotros mismos, a que descubran lo que somos, a que no exista Dios, a que exista, a cositas así.
Ahora bien, lo que me interesa es justo el lado opuesto, el extremo de allí lejos. ¿Qué es lo que pasa con las personas que deciden eliminar de su forma de vida la acción vengativa? ¿Por qué hay algunos seres humanos que deciden no mirar a derecha o izquierda buscando batalla y evitando, de ese modo, un deseo destructor y autolesivo? Estas personas son las que conocemos como buenas personas aunque, muchas veces, como pringados, idiotas o cualquier otro calificativo insultante. Nos parece mentira que alguien sea así, educamos a nuestros hijos haciéndoles competir con los otros niños como si en ello les fuera la propia vida, no creemos que nadie sea eso que conocemos buena persona y le miramos con la ceja levantada. Nos parecen de otro mundo. Además, les marcamos como víctimas de nuestras venganzas y envidias. Deseamos que no existan para que parezca que nuestras faltas son comunes y dejen de ser algo malo para ser algo normal. Queremos ser uno más remojados en nuestras miserias que son las de todos. Por eso, las buenas personas son el peligro. Ellos no quieren ser uno más y eso en la sociedad occidental no se consiente. La bondad es sospechosa; siempre lo fue. No parece que alguien dé a cambio de nada. Eso no puede ser porque. si lo es, el mundo se puede venir abajo.
El caso es que a mí se me van los ojos detrás de este tipo de personas. Me parecen admirables y me encantaría estar rodeado por cientos de ellos. Y no para sentirme amado. Lo que quisiera es poder ser como soy sin miedo a zancadillas, persecuciones o malas jugadas. Sólo entre gente buena eso es posible. Esos que, muchas veces, calificamos como tontitos o pringados son los que nos permiten dejar el disfraz o la coraza en casa. Y son los que nos dan lecciones a diario de convivencia, modales o respeto. Somos el resto, los listos y triunfadores y grandes profesionales y lo que quieran, los peligrosos, los que deseamos que se unan a este desastre social en el que vivimos para que no podamos arrepentirnos de lo que somos. Queremos que se conviertan porque les envidiamos. Intentamos hacerles creer que son bichos raros por venganza; intentamos que desaparezcan para que no nos avergüencen más si nos comparamos con ellos.
Hago esta pequeña reflexión porque hace unos días decidí llevar a cabo algo que me parecía inexcusable. Pasase lo que tuviera que pasar. No por ello me he sentido mejor persona. Soy consciente de mis limitaciones. Pero era lo que había que hacer. Y no dejo de recibir críticas por ello. Tengo la sensación de que algunos se han sentido traicionados o con el culo al aire. Y hago esta pequeña reflexión para entender que otros piensen que soy un pringado. Seguramente, lo hago como parte de una pequeña venganza.


3 Respuestas en “Los motores del mundo”

  • Edda ha escrito:

    Dudo mucho que hayas sido capaz de llevar a cabo una venganza. Que hayas recibido críticas certifica sin duda que eres una buena persona. La envidia mueve a los que nunca podrán serlo.

  • YOLANDA CLUA ha escrito:

    Estoy de acuerdo con Edda.

  • Celina ha escrito:

    Gabriel. TambièN, de acuerdo, con Edda y con Yolanda.
    Saludos con afecto.