Los ojos como platos

Es tarde. A estas alturas del día suelo estar dormido. Levantarse a las seis de la mañana no permite casi nada si el reloj marca más allá de las once. Sin embargo, hoy ha sido un poco especial y soy capaz de mantener los ojos abiertos. Mañana los pintores harán su trabajo en la media casa que dejaron sin arrasar hace quince días. Hay libros amontonados allí donde miro, juguetes encima de sillas que no deberían estar, cuadros decorando el suelo… Y yo despierto, un bulto más, creo.
El día ha dado de sí. Hubo tiempo para hacer cosas. Trabajar hasta las seis de la tarde, descolocar con saña la casa, dormir al más pequeño de los niños, leer un par de páginas de una edición infantil de “El Quijote” al mediano, discutir con el mayor, cenar algo caliente, charlar con mi mujer y, por último, ordenar algunas notas que tenía en la cartera sobre mi próxima novela. He logrado escribir la que podría ser una buena primera página. Además, hablé con un viejo amigo sobre las siete de la tarde (parece que ha pasado un año). Se quejaba por no poder escribir. El trabajo es mucho y el tiempo no da para más, decía. No le he contestado. Me he limitado a escuchar, a decir sí a todo. Pero ahora que tengo los ojos como platos(empiezo a sospechar que a causa del propio cansancio) miro el teléfono móvil y creo que le pondré un mensaje. Le voy a decir que si yo puedo escribir, cualquiera puede hacerlo si es que el problema es la carga de trabajo, que los albañiles levantan paredes, que los estudiantes estudian y que los escritores, curiosamente, escriben; y que si no tienen tiempo para hacerlo, pues lo pintan. Me gustaba mucho más cuando me decía que no tenía una sola idea en la cabeza. Mejor esperaré a mañana para llamarle y decirle todo esto. Se me ha cerrado un ojo.


Comentarios cerrados.