Los olores de Greta Y.

(Del diario de Greta Y.)

25 de septiembre de 1962

Escribo este diario para que todo el mundo sepa. Me llamo Greta, soy enfermera y tengo treinta años. Cuido de este hombre desde hace seis. El diagnóstico es rotundo. Coma cerebral irreversible. Ni siente ni padece. Eso dice el informe médico que está guardado en la mesilla de noche. Al principio, su familia probó todo lo que estaba a mano. Poco a poco, se dejaron llevar por la desesperación. Y, cuando el dinero no llegaba para más ni las fuerzas eran suficientes, me llamaron para que le cuidase hasta el momento de su muerte. Seis años. Siempre creen que ese día será el último, se agarran a eso de que para estar así mejor morirse. Lo que no saben es que todo es distinto a lo que ven.

De niña, me enseñaron algo sencillo y que cualquiera puede comprobar. El olor es lo que las personas mejor recordamos. Si nos pasa algo y, en ese momento, huele a perfume, a sudor o a chimenea, cada vez que pensemos en ello podremos oler ese perfume, ese sudor o esa chimenea. No invento nada. Le pasa a todo el mundo. Cada cosa desprende un aroma. Sea cual sea. Incluso las ideas tienen su propio olor. Dios desprende un fuerte olor a hielo que te traspasa con el dolor de los cuchillos, con insistencia. El odio suelta un tufo asqueroso, como el del cieno, aunque, a veces, cuando eres tú el que odias huele a cera quemada. La cera que se va quedando seca sobre ti, anquilosando. La inteligencia a viento, la tristeza a trueno, el calor a trigo. Todo huele.

Cuido de él desde hace seis años. No ha muerto porque aunque no se mueve, aunque las pruebas dicen que su actividad cerebral es nula, puede oler. Lo sé porque cuando recibe el estímulo mueve ligeramente un dedo. El índice de la mano derecha. Apenas se nota. La primera vez que lo vi, creí que eran cosas mías. Pero lo comprobé una y otra vez para estar segura. No se lo he dicho a nadie. Podrían comenzar con las pruebas de nuevo. Y, además, necesito trabajar.

Meto en frascos las cosas que se me ocurren. Un poco de arena para que vaya al parque; en primavera un puñado de polen; recojo aire de la ciudad para que pueda dar un paseo; queso, mantequilla o embutido para que le sepa a algo la alimentación que le proporcionamos a través de la vía. Y mueve su dedo, cada día lo hace e intuyo que es feliz.

Lo único que no he traído nunca más son unas gotas del perfume que encontré en su cuarto de baño. Nadie sabe a quién perteneció. Era un perfume de mujer. Había un frasco, pero no había ni rastro de ella. Ese día movió el dedo con tristeza, con la cadencia de la ausencia. No quiero que sufra, así que no he repetido. El olor de la ausencia es el peor de todos, el que hace más daño.

6 de mayo de 1966

Huele a muerto. Está vivo aunque huele a muerto. El que ha estado cerca de uno sabe que no se puede olvidar. Solo queda esperar. Es un hedor insoportable.

(Extracto del atestado de la policía judicial)

El cadáver fue encontrado por la hermana del propietario del piso, enfermo crónico que se encuentra en estado de coma cerebral desde hace más de diez años. La mujer no mostraba signos de violencia. Entre sus objetos personales se encontraron un pañuelo, un lápiz de labios, un par de tarros vacíos con etiquetas que decían “primavera” y “tormenta”, así como un diario que no parece tener la menor importancia para el juez que instruye el caso.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


3 Respuestas en “Los olores de Greta Y.”