Los perros del pecado

Nadie es responsable de la vida de otro. Nadie tiene culpa de lo que un individuo elige hacer de forma voluntaria.

El pecado, el maldito concepto de pecado, tan cristiano y tan torturador es lo que nos hace perseguir una culpa que no nos corresponde cuando se trata de los otros. Intentamos ayudar para sentirnos bien, para no cargar con esa culpa pecaminosa tan pesada. Maquillamos el asunto con bondad prestada sobre todo para que los remordimientos descansen sobre un “ya le dije que se estaba equivocando”. Nos queremos hacer cargo de problemas buscados por hermanos, por amigos o por los hijos para que (llegado el momento de su naufragio definitivo) no sintamos la responsabilidad de haber hecho o haber estado al margen. Eso no hay quien lo aguante. El pecado, la culpa inventada, no se puede soportar.

Cada uno es responsable de lo que hace o deja de hacer. Y nadie debería, ni siquiera, intentar impedirlo. No se es mejor persona al intentar que la vida de un individuo cambie tras un consejo. El destino recorre meandros que nadie puede descubrir. Podría ser la causa de un desastre mayor.

La idea de pecado nos convierte en mercenarios de una falsa bondad. Y lo gracioso es que nos inventamos una trama estúpida en la que deseamos parecer los buenos cuando no deberíamos ni aparecer en los créditos.

Nunca aprenderemos.


3 Respuestas en “Los perros del pecado”

  • Núria A. ha escrito:

    Así es. Para llegar a saber eso primero hay que cruzar un infierno.

  • Edda ha escrito:

    Estoy de acuerdo. Nunca aprenderemos. Pero cuando eres tú quien observa, es tan difícil cruzarse de brazos. A mí me pesan más los remodimientos que el pecado.

  • Carmen Neke ha escrito:

    Cuánta razón tienes. Pero también hay que reconocer que esos sentimientos de pecado y de culpa están en la base de muchas de las mejores páginas literarias que se han escrito.