Los “pringaos” y las hadas madrinas

Padres, madres, abuelos, tíos, padrinos, amigos del barrio, tenderos de confianza y algún que otro oportunista que quiere caer bien, se han lanzado como fieras a defender niños. Los medios de comunicación se han encargado de generar una alarma social desconocida hasta ahora. El caso es que nuestros hijos pueden ser presionados en el centro de estudios y las consecuencias pueden ser terribles. No seré yo quien niegue esto. Es muy posible que sea cierto. Pero me temo que es necesario reflexionar un poco, sólo un poquito, en casa. Cada uno en la suya porque en la puerta del colegio, arropados por otros padres, se dicen muchas estupideces. A solas la cosa cambia. Nunca he tolerado el abuso que sufre el más débil. Mi hermano Antonio llevaba a cuestas una minusvalía desde los seis meses. Sé lo que es pegarse con medio patio de un colegio y salir hecho unos zorros; día sí, día no. Los hermanos parecíamos una banda organizada. Siempre recibiendo o repartiendo “leña” por defender a un chaval que cojeaba. Mi hermano se llamaba Antonio y no “el cojo”. Recuerdo que cuando llegábamos a casa, al abrir mis padres la puerta, lo primero que decía el mayor era “defensa”. Mi padre se dedicaba a curar las heridas, mi madre a reconstruir la ropa. Sin preguntar. Día sí, día no. Si en alguna ocasión hubiéramos entrado por la puerta de casa sin la excusa de la defensa, la cosa hubiera sido diferente. Mi padre nos decía que defender al hermano era nuestra obligación, pero que si se enteraba de que nosotros intentábamos abusar de alguien sería mejor que nos buscásemos un sitio caliente para dormir. Abusar, acosar al débil era imperdonable. Él sabía que era mucho más fácil sacudir un capón al empollón que pelearse sabiendo que ibas a cobrar de lo lindo defendiendo al hermano (eso era lo más frecuente). En la puerta de los colegios todos los padres cuentan cómo les han dicho a sus hijos que si alguien intenta pasarse de la raya quieren saberlo para poner las cosas en su sitio. Aún no he oído a nadie decir “ya le he dicho a mi chaval que como me entere de un solo abuso por su parte le muelo a palos”. Ni una sola vez. Ni una. Todos pensamos que los nuestros son hadas
madrinas o algo así. Y no, ni en sueños. Al final, siempre llegamos al mismo punto. Si nuestro hijo es el que abusa el problema es menor, alguna solución encontraremos, pero si nuestro hijo es la víctima se nos viene el mundo encima. Tenemos en casa un “pringao”. Y eso sí que no. Eso es lo último. Ojalá que a padres, madres, abuelos, tíos, padrinos, amigos del barrio, tenderos de confianza y algún que otro oportunista que quiere caer bien les de por pensar que sus hijos, como todos los niños, tienden a meterse con el “gafotas” y con la “gorda”. Y no tiene ni pizca de gracia aunque sean nuestros hijitos. Si pensáramos esto otro gallo cantaría.


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