Maldita rodilla

Esta mañana he asistido a un concierto en la capilla del Hospital del Niño Jesús de Madrid. Interpretaban los chavales de tres escuelas de música. Salvo la contrabajista y una violinista no pasaban de veinte años ninguno de ellos. Al menos eso me ha parecido. La acústica no era la más apropiada y, además, las puertas del templo estaban abiertas para que nadie muriera de calor. Mucha interferencia desde la calle. Una pena porque los jovencitos tocaban francamente bien. Del repertorio, me quedo con el concierto para dos violas de Telemann. Las dos señoritas que lo tocaron tienen talento y gastan entusiasmo sin reparos.
Guzmán aguantó más de quince minutos sentado en su sillita. Embobado. Guillermo menos de tres. Dice que a él le gusta el jazz y que para escuchar clásica ya me tiene a mí dando la murga en casa.
Mientras Guzmán no se quejaba y movía la cabecita y las manos al ritmo de la música barroca, mientras Guillermo espantaba palomas fuera de la capilla, he cerrado los ojos, he apoyado la espalda en la pared y el codo izquierdo en la pila de agua bendita. Una buena ocasión para recordar lo que nunca sucedió.
La mañana era fría. El azul del cielo empañado por la helada que seguía cayendo. Subí al bote con un movimiento preciso, al mismo tiempo que mis tres compañeros. Remamos hasta el extremo contrario del embalse. Los músculos en tensión. Ganas de vencer. Me di la vuelta para recordarles que habían pasado tres años desde que nos subimos en aquel barco por primera vez, que habían sido muchas horas de trabajo, que no podíamos fallar. O todo o nada. Siendo campeones de España alguno terminaría en la selección nacional. O todos. Llegamos a la línea de salida. Como siempre las mandíbulas apretadas hasta que dolían. Las manos agarrando la madera húmeda del remo, perdiendo el color rosado, blanquecinas por el esfuerzo. Antes de que sonara la señal de salida la posición perfecta (rodillas flexionadas, brazos estirados, espaldas erguidas, el cuello ligeramente inclinado hacia atrás), los remos en las chamuceras engrasadas con mimo, la proa del barco señalando ese punto exacto en el que las ilusiones de un grupo de chavales se cumplen. Por la mente pasan todas las horas en las que otros estuvieron bailando con las chicas más bonitas del barrio mientras nosotros corríamos y remábamos sin descanso. Al amanecer antes de ir a clase, por la tarde después de estudiar. Suena la bocina y marco una primera palada corta, rápida. La décima es más larga, mucho más. Y así hasta que enseñamos la popa al barco de la calle cuatro. El verdadero enemigo. El resto no son nada del otro mundo. Durante los últimos cien metros el ritmo de paladas vuelve a crecer. Hasta que la saliva de la boca se escapa entre las comisuras. Duele todo el cuerpo. El sudor se congela porque sabes que vas a ganar la regata de tu vida. Ya nada puede evitarlo.
He abierto los ojos cuando Guzmán ha gritado. Quería agua. Y me he llevado la mano a la rodilla, la maldita rodilla que me hice trizas unos días antes de disputar aquella regata. La que duele en los cambios de tiempo. Cómo me disgusta saber si va a llover al día siguiente. Todo el trabajo de años se quedó en el barro después de aquella caída. Más tarde la rehabilitación. Pero nada. Eso no tenía remedio. Se acabó el remo para siempre.
Le doy agua a Guzmán. Miro a las dos chicas que interpretan a Telemann. Pienso en lo importante de la ilusión por cumplir. Y espero que ellas sigan adelante, hasta el final. Imaginar lo que nunca sucedió duele. Mejor no probarlo.


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  • A contracorriente | La Vida del reves ha escrito:

    […] de una tripulación. Y llegado el momento tuve que dejar que la corriente me arrastrase de nuevo. Esa vez para siempre. Se acabó el remo. Hoy, me siento fatigado. Acabo de dar la última palada. Relajo los músculos y comienzo a dejar […]