Más que un catedrático

Dice Eduardo que el euro tiene el mismo valor (exactamente el mismo) que la peseta en tiempos de la dictadura.
– Mire, Gabriel, usted podía comprar un piso por trescientas mil pelas y ahora lo puede hacer por trescientos mil euros. Con cuatro pesetas comía un bocata de calamares en la Plaza Mayor de Madrid. Hoy puede hacerlo por cuatro euros. Mucho cambio y mucha más palabrería para tan poco progreso. El mundo seguirá siendo la misma cosa mientras existan los políticos y las religiones. Lo único que quieren unos y otros es que nos reproduzcamos como piojos para conseguir más persones afines a lo que dicen. Cuando no es así organizan una guerra, dejan lo que les interesa y otra vez a reproducirse. Y así siempre. Lo mismo da que tengamos euros que pesetas, que gobierne un partido u otro, que Dios se llame Alá o Mahoma. Se lo digo yo que he limpiado los zapatos a miles de personas y esto enseña más que cualquier catedrático.
Hoy hace más calor. Este verano nos hemos acostumbrado a no sentirlo y cuatro o cinco grados de más nos parecen un calvario. Mientras conversamos un par de niños corretean a nuestro alrededor. Juegan a policías y ladrones. El que interpreta el papel de malo malísimo es alcanzado por las balas imaginarias del poli (un par de años mayor). Pero no pasa nada. Lleva puesto un chaleco antibalas. Más tarde nos enteramos de que es antibombas. Sobrevive a cualquier ataque del pequeño policía que decide jubilarse después de lanzar todo tipo de proyectiles que no causan ni un rasguño a su compañero de juego.
– Mirando a los niños uno termina sabiendo cómo está el percal, dice Eduardo mientras repasa el zapato derecho.
Ya les he dicho alguna vez que es el mejor limpiabotas de Madrid. Y el más divertido.
– Sólo juegan, respondo.
– No, no, no. Repiten lo que ven en la televisión.
Paseo hasta la parada del autobús. Escucho a Count Basie. Recuerdo a mi padre cuando suena All of me. Era una de sus canciones preferidas. Siendo yo un jovencito rebelde le acusaba de escuchar música de ascensor o de consulta odontológica.El autobús va de bote en bote. Entra una mujer embarazada. Nadie mira por si le toca la china. Me retiro lo que puedo para que, al menos, disfrute de unos centímetros. Pienso en los embarazos de Silvia. El conductor mira a la mujer. Frena y se levanta. Si no le ceden un asiento a la señora lo haré yo con el mío. Una mujer se levanta con prisa. No te había visto, hija.
Al llegar a casa me voy encontrando con los niños poco a poco. Uno en el salón escuchando música, otro en la terraza jugando con unos muñequitos que ordena en posición de combate, el tercero viendo la televisión y repitiendo las palabras mágicas de Donald para conseguir no sé qué. Gimena llega gateando desde el fondo del pasillo. Gateando y muerta de risa. Silvia ordena un armario. Mi madre creo que está desaparecida. Habrá huido. Normal. Presto atención a la música que suena. Blues for Nuria. Tete Montoliu.
– ¿No decías que esto era un coñazo? pregunto a Gonzalo.
– Es lo que estaba puesto en el equipo. Me daba pereza cambiarlo.
– Ah, ya. Perdone usted señor jovencito rebelde.
Salgo a la terraza. Después de treinta y cuatro años los edificios siguen siendo los mismos. Exactamente los mismos. Quizás tengan un aspecto algo mejor. Lavar la cara a las cosas no las convierte en algo diferente. El reloj del edificio de Telefónica (me encantaba mirar sus números rojos iluminados cuando era niño y pensar que debía ser enorme para que pudiera verlo desde tan, tan lejos) marca la hora. La vista no me alcanza. Miro el mío. Supongo que es la misma. O una muy similar.


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