ME GUSTAN CHÉJOV Y BRITTEN. Y NO SOY UN FINOLIS

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Viene bien recordar un momento de mi actividad docente que me marcó de forma definitiva. Aunque esto ocurrió hace ya muchos años, lo tengo presente siempre que hablo de literatura, ópera, pintura o escultura. Fue una de esas cosas inesperadas que te enseñan más que cualquier manual. Fue uno de esos momentos emocionantes que te hacen modificar el punto de vista. En cualquier caso, es algo que he llevado conmigo durante todos estos años.
El muchacho se llamaba Javier. Era jugador de rugby. Compartimos aula durante un año en la Escuela de Letras de Madrid. Desde el primer día, presumió de estar allí para perder el tiempo y el dinero, de estar allí obligado puesto que era un lugar ajeno que no le correspondía. Todo lo que leíamos, todo lo que escribían sus compañeros o él mismo, le producía una risita incontrolable. Porque todo lo que se hacía allí le parecía ridículo, hortera y prescindible; cosas de gente extravagante que no tenía otra cosa en la que gastar su tiempo.
Sin embargo, en un par de textos que escribió y que, lógicamente, tuve que valorar, me pareció encontrar algo inusual, algo que permanecía escondido tras la camiseta a rayas verdes y blancas y un balón con forma de melón. El jugador de rugby procuraba escribir como si estuviera disputando una melé. Era brusco, utilizaba términos ásperos, casi violentos. Pero ocultaba una sensibilidad y una intuición con el lenguaje que, afortunadamente, asomaba en lo que escribía sin que él lo pudiese controlar. Ya les adelanto que ser leído con atención es, a menudo, muy peligroso si el lector sabe interpretar un texto.
Pues bien, aunque me dedicaba a la narrativa, una tarde sorprendí a mis alumnos con una clase de poesía. Dejé sobre la mesa siete u ocho libros de poemas y les hablé de las diferencias que había entre un relato y un poema, de los códigos tan distintos que se utilizaban en cada caso y de esas cosas que se manejan en un aula de literatura. Tenía por costumbre leer yo mismo los textos que usaba como ejemplo en cada clase, pero, ese día, pedí que alguien lo hiciera por mí. Naturalmente, nadie levantó la mano dado que las exigencias solían ser extraordinarias y, supongo, que nadie quiso arriesgar sin ton ni son. Pedí a Javier que fuera él quien lo hiciera. Con su media sonrisa burlona bien visible para todos, con cierta prepotencia en el gesto, se levantó y se acercó hasta mi mesa. Le entregué uno de los libros, señalé el poema que debía leer, me retiré unos pasos y le pedí que comenzase. No había terminado el primer verso y le interrumpí para pedirle que dejase de leer como si aquello fuesen las instrucciones de una batidora. Haz un esfuerzo y cuéntanos lo que dice el poeta. Intenta gustar, querido. Comenzó de nuevo. El poema era de César Vallejo. Decía así:
Se acabó el extraño, con quien, tarde / la noche, regresabas parla y parla. / Ya no habrá quien me aguarde,/ dispuesto mi lugar, bueno lo malo. / Se acabó la calurosa tarde; / tu gran bahía y tu clamor; la charla / con tu madre acabada / que nos brindaba un té lleno de tarde. / Se acabó todo al fin: las vacaciones / tu obediencia de pechos, tu manera / de pedirme que no me vaya fuera. / Y se acabó el diminutivo, para / mi mayoría en el dolor sin fin, / y nuestro haber nacido así sin causa.
Acabó como buenamente pudo. Cerró el libro, se sentó en mi silla y no pudo contener un llanto desconsolado, tremendo; que dejó a todos paralizados. Nadie se atrevía a decir ni pío. Fue él quien dijo que lo sentía mucho, que el poema le había recordado a su único y verdadero amor. Que se iba a dar una vuelta si no nos importaba.
Desde aquel día, Javier dejó su tontería en algún lugar alejado y se convirtió en uno de los mejores alumnos que jamás he tenido. Nunca me preguntó por los encabalgamientos que presenta el poema o por la estructura cercana al soneto o por la prosodia. Eso era lo de menos. Javier había descubierto la emoción, su propia sensibilidad, la utilidad de lo escrito, la importancia de la experiencia propia y vicaria, y lo demoledor que resulta la unión de ambas.
Cuento todo esto porque me encuentro, de forma habitual, con personas que tachan las obras de arte (por sistema) de inservibles, de estafas y de insultos a la inteligencia. Es posible que, en algunos casos, sea así; que la obra sea una mala muestra de lo que debe considerarse como obra de arte. Es posible. Pero lo que es seguro es que, a muchos de los que opinan de este modo, les puede lo que llamamos ignorancia. Por favor, no apliquen un sentido peyorativo al término; todos nosotros somos ignorantes respecto a alguna faceta de la realidad.
No saber, no comprender, es motivo de rechazo. Y es esto algo muy normal en todas las parcelas que tienen que ver con el arte. Leer una novela en la que el autor utiliza un vocabulario extraño para el lector y estructuras gramaticales nunca enfrentadas para este, es incómodo y molesto. Pero no hace que esa molestia convierta la novela en un relato mejor o peor. Mirar un cuadro que no tiene sentido alguno para el observador puede llegar a resultar un tostón aunque podría ser que ese cuadro fuera técnicamente una joya con un sentido admirable. Sentarse por primera vez en el patio de butacas de un teatro para asistir a la representación de una obra de Benjamin Britten puede acabar en aburrimiento si es un primer contacto del espectador con la ópera. Porque esto del arte requiere un aprendizaje como cualquier otra cosa de este mundo. Construir un criterio sólido para poder valorar, entender y disfrutar una obra de arte no es algo que se pueda hacer sin esfuerzo, sin quemar etapas (largas y numerosas).
Lo que ya no parece tan complicado ni tan difícil (de hecho es algo más que habitual) es negar la importancia de la cultura, de las obras de arte o creer que eso es cosa de finolis, de estirados y de snobs. No deja de ser sorprendente, porque el arte tiene mucho que ver con lo que somos, con lo que es el mundo entero; porque el arte es la representación de la consciencia colectiva del ser humano desde que este lo es; porque el arte es la única forma que el hombre ha encontrado para explicarse y explicar su entorno. Unas veces con gran acierto, otras con menos; algunas con forma de estafa; pero siempre con la intención de aprehender eso que es imposible de agarrar, con la intención de aportar el sentido necesario a nuestra existencia. El hombre tiene la vocación de ser infinito y el arte es la materialización de ese afán universal.
También me encuentro con personas empeñadas en colgar la etiqueta de elitista al arte. Estos son peores y suelen coincidir con los que conocemos como snobs. Creen que es cosa privada de los entendidos. Eso es un error porque el arte se nutre de las personas, deja de tener sentido sin ellas. Aunque, creo yo, lo mejor es no hacer mucho caso. Por ejemplo, un snob no es otra cosa que un idiota disfrazado de snob.
El arte es de todos. Por ello, es difícil entender cómo algunos lo maltratan, cómo los políticos lo utilizan como moneda de cambio o, sencillamente, lo ignoran. Es inexplicable que las leyes de educación españolas, una tras otras, ninguneen las humanidades, todo lo que tenga que ver con el arte.
El arte es elitista para los que creen que son la élite. El arte es universal para el que quiere entender qué demonios pinta en todo esto que llamamos vida; para el que descubre, no ya su mundo, sino el mundo entero, contemplando una escultura o escuchando la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven. El arte es el cosmos y, desde luego, no es propiedad de nadie.


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