Mejor no enterarse

Siempre que contamos un problema a otro lo hacemos para que se ponga de nuestra parte, nos dé la razón, quiera asesinar a nuestro enemigo, deje de hablar a la que fue nuestra pareja o llore nuestra pena con el mismo desconsuelo con el que nosotros mismos lo hacemos. Solemos elegir la información de modo que no quede una sola duda, ni sobre nuestra razonable y sensata postura, ni sobre lo sinvergüenza que es el que tenemos al otro lado de la disputa, ni sobre nuestra bondad que es directamente proporcional a la maldad que tratamos de explicar. Seleccionamos lo que queremos decir, lo que no puede ni aparecer en la conversación y el modo de ir entregando todo eso en forma de relato que ha de servir para que el que escucha quede convencido de que nuestro problema es inmenso, el causante es otro y la solución pasa por eliminar del planeta al mal bicho que se le ha ocurrido hacerme eso a mí.Todo esto lo sabemos, lo hemos hecho en alguna ocasión y tenemos que sufrirlo de vez en cuando.Pero como creemos que escuchando milongas de los amigos y apoyando su postura somos más y mejores amigos, no tenemos por costumbre mostrar nuestras dudas sobre lo que oímos. Sabemos que nos la están intentando meter doblada aunque nos hacemos los muertos para que el otro se sienta la mar de bien.Eso delante de los amigos. Y de la televisión cuando nos habla nuestro personaje preferido. Y en un mitin político en el que el líder del partido al que votamos no dice más que grandes mentiras envueltas en necesidades vitales que no se resolverán nunca. Y casi siempre.Cualquiera sabe que esto es así. Nos dejamos engañar, a veces por egoísmo, otras para sobrevivir, casi siempre para que lo que nos rodea se quede como está. Los cambios son temidos.Ahora bien, un porcentaje altísimo de lectores (de novela y poesía sobre todo), ni se entera de nada ni quiere enterarse. Si la intención del narrador es hacer creer que un personaje es así o asá para ocultar sus propias carencias son muchos los que terminan creyendo sin rechistar lo que les dicen. Mala lectura. Si se describe un escenario o un objeto para iluminar a uno de los personajes son muchos lo que se saltan ese par de páginas porque ese registro no hay quien lo aguante. Mala lectura. Diálogo, diálogo, dónde va a parar, es mucho más ameno (eso lo piensa medio mundo). Lectura absurda. Además, son muchos lectores los que demandan que se les cuenten las historias con pelos y señales. Una elipsis en la narración provoca tantas dudas y malentendidos en los lectores que un autor decidido a triunfar debe pensarse más de un millón de veces si lo deja así o mejor lo rellena de información. El miedo es libre.Supongo que por estas cosas es por lo que se lee más bien poco. Preferimos hacer un esfuerzo para entender la mentira de nuestro amigo o la de un político; no nos supone un esfuerzo insoportable tener que interpretar todo lo que vemos a nuestro alrededor; nos ponemos de un lado o de otro cuando nos dicen que un famoso se está forrando mientras que los demás seguimos sus fechorías en directo por televisión y lo hacemos para tener un tema de conversación común. Claro que todo esto es rentable porque no corres peligro de ser tomado por loco. La lectura no. Leer un libro no te hace más amigo de tus amigos, ni te convierte en una persona mucho más divertida, ni más adinerada. La lectura es un acto voluntario y solitario. Del que no se puede hablar con casi nadie. Y ya nos dejamos engañar bastante como para que nos líen al leer.Es una pena que muchos no quieran asumir que leer es lo mismo que vivir. La diferencia, tal y como están las cosas, es que mirar la televisión supone tragarte lo que te dicen sin mover un músculo o malgastar una neurona. Igual que cuando tu amigo te cuenta su verdad. Y leer supone un acto reflexivo nada atractivo por el esfuerzo que representa y por lo poco que se le puede dar de sí en sociedad. Rentable sólo para uno, pero rentable al fin y al cabo.


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