Metros de más

Los niños juegan en la terraza. Pistolas de agua, pompas de jabón y no sé qué cosas más. Gonzalo, el mayor, ha llegado con una botella de agua (él no tenía armamento a mano) y ha organizado la gran batalla. La peor parte se la están llevando Guzmán y Gimena. Lloran y ríen sin saber qué es lo que tienen que hacer. Pero disfrutan. Sobre todo cuando el agua le cae encima al otro.
Yo he preferido mirar de lejos y escuchar. Necesito tranquilidad. Utilizar la sintaxis. Pensar en lo que piensan los adultos sin interrupciones para contestar preguntas como, por ejemplo, ¿dónde está mi chupete? entre llantos fingidos.
Y es que me ronda una idea la cabeza. Es posible que no tenga ninguna importancia. Es posible que no sirva para gran cosa. Es posible. Pero quiero pensar sobre ella. Dejar por escrito algo que aparece amorfo de forma ordenada.
Si alguien tuviera que recorrer un millón de kilómetros para estar junto a una persona querida no dudaría en hacerlo. Sin embargo, estando cerca de ella, pongamos a dos o tres mil metros de distancia, en la misma ciudad, cada metro se convierte en un millón de kilómetros. Si fuera el padre anciano quien esperase diríamos que es pereza o miedo a encontrarle deshecho la razón de esa distorsión. Si fuese la amada hablaríamos de temores a no recibir su amor a cambio del nuestro. Un amigo puede esperar mi visita porque para eso lo es. Pero sigo dando vueltas a esa habilidad del ser humano para dar al mundo la vuelta como si fuera un calcetín.
Mis cuatro hijos acaban de convertir una tarde calurosa y aburrida en un espectáculo maravilloso. Son niños. Han sido capaces de enfrentar algo aburrido, casi desagradable, para convertirlo en su aliado.
Los adultos nos pasamos la vida convirtiendo lo mejor (amar y ser amado lo es) en rutina, miedos o problemas. No somos capaces de hacer de nuestro padre enfermo una posibilidad de alegría, ni de nuestro amigo del alma lo más importante porque para eso lo es (amigo), ni de un posible amor una forma de crecer en vez de menguar.
Ya sé que no sirve de mucho todo esto. Ya sé que muchos no estarán de acuerdo. Pero también sé que tener cuatro hijos es lo mejor que me ha podido pasar en la vida. Que no me dejan pensar aunque me obligan a hacerlo si les miro. Y, ahora, que ya les tengo en casa a todos me apetecía ordenar las ideas que me alborotan con sus gritos y carreras. A solas, pero con ellos a unos metros de distancia. Unos metros que no pienso alargar nunca jamás.


Comentarios cerrados.