Mi particular día del libro

Que exista un día del libro significa que, por alguna razón, es necesario. Y que sea necesario no deja de ser un mal síntoma.
Es verdad que muchos se lanzan a comprar, hoy, un ejemplar porque así se apuntan a eso de amor por los libros. Además cumplen y les sale un diez por ciento más barato. Eso es verdad. Tanto como lo es que los grandes almacenes y las grandes superficies hacen caja extra y, encima, parece que uno de los pilares de sus negocios tiene que ver con la cultura. Otra cosa bien distinta es el destino final de esos libros y esos dineros. Sin duda alguna, se trata de falsas intenciones por parte de los negociantes y de los compradores que convierten, entre todos, el libro en un producto sin otro valor que el que dicta la etiqueta.
El día del libro se ha convertido, como no podía ser de otra forma, en una forma de hacer dinero y en un mecanismo simplón que convierte a cualquiera en medio intelectual. Lo que debería ser un momento de reposo ante un objeto amado al que muchos le debemos una forma de vida, se convirtió, desde su origen (desconozco cuando el día del libro comenzó a serlo) en un numerito comercial en el que intervienen todos y cada uno de los que no sienten ningún aprecio por nada que no sea el dinero y ellos mismos.
En este blog, el día del libro (de lo que tiene que ver con la cultura en general) es todos los días. El día del cine, lo mismo. El día de todo lo que no sea dinero fácil, mercadeo, política cicatera y mentirosa o carreras armamentísticas. Aquí no hay día del libro que valga. Aquí se trata de hacer del mundo un lugar más amable para el que lea. Si son cien como si son quinientos. Por ello no hay homenajes. Y menos con lo que tenga que ver con la cultura. Lo que hay es un camino construido sobre ejemplares imprescindibles, necesarios, absolutamente necesarios para la humanidad, algo con lo que deberíamos conseguir algo mejor de lo que tenemos. Al menos, para dejarlo en las mejores condiciones posibles.
Todavía, algunos (los que presumen de no leer ni las postales que les envían) dicen que eso de la literatura es estéril, que es cosa de pocos y extraños. Son incapaces de reconocer que su propia mediocridad no podrá nunca con algo tan innato del hombre como es una manifestación artística. Si estos sujetos pensaran que lo primero que hacen al despertar cada día es contarse, relatarse lo que son; ya cambiarían de opinión. Pero no, esos lo que hacen es comprar un libro que viste mucho, confundir la cultura con las clases de matemáticas y, un minuto más tarde, intentar bajar listones para caber en un espacio que no pisarán en su vida. Se pongan como se pongan.
Cada libro, incluso los malos, los que fueron escritos por encargo o los que defendieron ideas asesinas y absurdas; todos los libros; representan un afán del hombre por sobrevivir a él mismo. Un afán tan arraigado como la necesidad de entender el mundo, su sentido, y poder ordenarlo; es decir, como la necesidad de construir el universo desde la literatura.
Hoy todo se mezcla con el consumo. Es fácil distinguir entre el que ama el arte del que lo consume, entre el que colecciona actos de carácter cultural y el que hace de ellos una necesidad por ser fuente de conocimiento. Es fácil, pero, cada día, el grupo de los primeros es más numeroso y empuja hacia ninguna parte al resto. Si esto sigue así, pronto, no habrá forma de acabar con el problema.
Hoy los escritores, los de verdad y no todo ese ejército que se proclama escritor por haber escrito un mal verso rebajando el oficio a la categoría de juerga colectiva, siguen siendo personas que habitan otro peldaño. No sé si más arriba o mas abajo, pero a otra altura. Los escritores de raza no se preguntaron jamás cuanto ganarían con una obra, no importó nunca la editorial que publicaría su poemario o su novela. Escribían. Escribimos. Lo demás llegaba después y no impedía que una obra siguiera su curso. Hoy sigue siendo lo mismo. Los escritores siempre hemos querido tener un libro en la mano (propio o ajeno) porque es nuestro tesoro. Ese es el mejor de los homenajes que se puede hacer al libro. Necesitar de él. Desde ese lugar llega la grandeza de la literatura, desde el cambio que se produce en el mundo cuando la ficción se incorpora en la realidad después de que alguien llamado escritor hace su trabajo, desde la necesidad de la literatura para poner el mundo patas arriba. ¿Por qué creen que los dictadores acabaron, en primer lugar, con novelistas, poetas y pensadores en general? Es muy peligroso para el mediocre que le planten delante un mundo nuevo en cada página. Sabe que eso lo pueden ver otros y es su final.
Los libros no deben ser homenajeados. Deben ser leídos, amados, pasados de padres a hijos. Es el único y gran premio al que deberían tener acceso.


1 Respuesta en “Mi particular día del libro”

  • Edda ha escrito:

    Gabriel, tienes razón en muchas cosas. Pero, vivimos en una sociedad en la que si no te dejas ver, si no te publicitas, no existes. Para los que disfrutamos con los libros no nos hacen falta homenajes, es cierto. Para nosotros, los lectores, cada día es el día del libro. Pero no está mal que, al menos una vez al año, les recordemos a los que no leen habitualmente que los libros están ahí. Esperándoles. Otra cosa muy distinta es en lo que se está convirtiendo este día. Porque entre lo que tú dices y el espectáculo verbenero que se está dando hay una gran diferencia.