Miles de millones

Lo que esperamos de los demás es siempre lo que acaba con las relaciones. Sean del tipo que sean. Nadie tiene lo que queremos en el momento exacto, ni lo puede entregar de la forma que deseamos.
Espero esto y lo que recibo es aquello, y lo espero hoy aunque me llega mañana. Esperaba que me lo entregaran con cariño y me lo encuentro sobre la mesa sin una nota de él o de ella. Todo se derrumba. En realidad, todo lo destrozo.
Cuando espero algo lo hago olvidando si lo merezco, si he hecho todo lo posible para conseguirlo. Perder esto o aquello lo achaco a que el otro es un mierda sin corazón. No recuerdo todo eso con lo que he ido golpeando sin compasión hasta hacer tambalearse el mundo entero. Me cargo de razón, culpo al otro, arremeto contra él en reuniones con amigos comunes, entre los familiares, me convierto en víctima exclusiva. Asunto arreglado. Todo tiene un porqué, pero yo me ocupo de olvidarlo o de esconderlo.
Siempre que pienso en esto tengo en mente una imagen muy simple. Dos bolas metálicas se cruzan y siguen su camino. Dos bolas metálicas ruedan trazando caminos paralelos. Dos bolas metálicas chocan al encontrarse y toman direcciones distintas. Algunas se acercan entre sí al rodar , pero nunca puedo ver ninguna junto a otra moviéndose al mismo tiempo. Siempre encuentran un grano de arena que desvía a una, siempre el terreno es irregular e impide que el camino sea el mismo, siempre contemplo con tristeza cómo un leve roce envía una de las bolas metálicas hacia otro lugar. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo si no quiero convertir mis relaciones interpersonales en un constante fracaso. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo para entender que en cuanto encuentre una superficie más irregular mi dirección será otra. Aunque lo importante, lo verdaderamente tremendo, es que nunca las direcciones fueron iguales, ni siquiera parecidas. No, no lo fueron aunque lo proclamé a los cuatro vientos. Las bolas salieron de distintos puntos con caminos alejados y el azar las acercó para que se separaran poco tiempo después. Nunca las trayectorias fueron coincidentes.
Por eso no podemos esperar nada de nadie salvo lo que nos quieran entregar, como quieran hacerlo y en el momento que ellos decidan. En eso se fundamenta la verdadera amistad. Nada se espera, nada se promete, nada pasa si las direcciones cambian porque cada camino es exclusivo, único. Nada ni nadie tiene derecho a modificar a golpes las cosas, ni a dar esos golpes fingiendo no haber hecho nada por el camino.
Somos miles de millones de bolas metálicas rodando en diferentes planos. Cada una de ellas comenzó a moverse en un punto exacto y terminará de hacerlo en otro. Por el camino tendremos que cruzarnos, rozar, acelerar o frenar en seco. Y habrá momentos en los que fallemos, en los que nos pidan y no podamos dar porque nos alejamos gracias a un golpecito que me diste tú que ahora lloras con rabia. Durante un tiempo iremos ligeros junto a una nueva bola que, sin saber porqué, modificará el rumbo. Chocaremos con violencia con otras. Y un buen día pararemos en ese punto sin espacio ni tiempo. Esperando un puñado de cosas que nunca llegaran, sin poder entregar lo que nos pidieron, habiendo desperdiciado miles de oportunidades por acelerar a destiempo o frenar cuando era innecesario. Esperando o haciendo esperar. Perdiendo un tiempo que no teníamos.


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