Mileuristas en el poder

Qué efecto tan curioso se está produciendo en el mundo laboral. Hasta no hace mucho, hasta que la crisis mundial hizo acto de presencia en una fiesta para ricos en la que se había colado todo Dios y en la que pudieron estar de incógnito miles de personas el tiempo suficiente para creer que ellos eran gente adinerada siendo, en realidad, unos pobrecitos disfrazados de sueño (americano, español o soviético); hasta ese momento, eran muchos (millones de personas) los que ganaban mil eurillos y estaban a las ordenes de los asistentes al fiestorro. Los pelagatos que ganaban algo más (los que bailaban al ritmo de los corredores de bolsa convertidos en semidioses) ordenaban la vida mirando por encima del hombro al más pintado. Pero la crisis apareció para joder la fiesta y se hizo el milagro. Se fueron (muchos de ellos) a dar una vuelta y que les dieran por el riau en los bancos, en el parquet de la bolsa y allí donde (con cara de circunstancias) aparecían presentando un historial cicatero y valioso para ellos mismos y nadie más de este mundo. En la fiesta sólo quedaron los de siempre, los ricos de toda la vida, los que se las saben todas y a los que no arruinan ni de coña. Al paro. Como todo hijo de cristiano cuando no sabes hacer la o con un canuto y, encima, cobras una pasta por pintar la mona. Jodidos y bien jodidos, con sus negocios en quiebra porque se apoyaban en un sueño glamoroso lleno de caspa. Y el milagro consistió en que los mileuristas, naúfragos agarrados a la tabla que podían, llegaron al poder. Ganando lo mismo, con la misma mierda de vida, pero más felices que antes por manejar algo de poder mientras los pelagatos se hundían y tenían que buscar un trabajo de verdad ganando una cantidad dividida por diez. Milagroso.
Las empresas han conseguido limpiar sus plantillas de vividores patéticos y funcionan gracias a las mismas personas de antes. Y han ahorrado un montón de miles de euros los días de pago.
El efecto es maravilloso. Todo en manos de los ricos (eso no ha cambiado). El día a día en manos de los mileuristas (eso no ha cambiado). Los del fiestorro sin hacer nada (eso no ha cambiado), pero sin cobrar una pasta. Sólo el paro (eso lo pagamos entre todos por lo que la cosa ha cambiado en volumen, pero no en caradura de esa banda). Y los mileurisas en el poder (al menos eso les hacen creer al entregarles una bonitas tarjetas de visita en las que dice jefe de o director de). Este es el gran milagro, la gran modificación. Siguen currando los mismos, echándole cara los mismos, currando los mismos. La diferencia es que, ahora, entre mileuristas se joden la vida.
Asombroso.


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