Mirar hacia abajo

Mirar hacia abajo. No es mala cosa. Más en los tiempos que corren. Hemos estado, los últimos años, dirigiendo la mirada hacia los altos, comparándonos con personas por las que sentimos envidia (lamentablemente, por lo que tenían), acechando objetos deseados que no correspondían con nuestras posibilidades, preparando escaladas que -en muchos casos- se han quedado a medias o nos han dejado en lugares desde donde la caída ha sido terrible. Hemos intentado ser lo que que era imposible. Y hemos olvidado algo tan importante como es comparar nuestra posición con otras que son infinitamente peores. Eso significa constante decepción, un estado perpetuo de insatisfacción, un empeoramiento de la autoestima (individual aunque, también, colectivo). No hemos sabido valorar, apreciar, que son muchos los que viven en condiciones pésimas y que lo nuestro es casi un privilegio. Mirar hacia abajo y relativizar los problemas que para otros son casi un chiste. ¿No pueden salir a cenar pagando 50 € por cubierto? ¿No pueden cambiar de coche cada tres o cuatro años? ¿No van a poder estudiar en la universidad todos y cada uno de los jóvenes? ¡Oh, qué contrariedad, qué mundo tan horrible tienen que transitar estos chicos! ¡Serán ridículos! No tener agua corriente en casa, ni luz, ni un plato caliente que llevarse a la boca. Eso sí es un problema. Supongo que algo así es lo que piensan millones de pobres repartidos por todo el planeta cuando miran a occidente.

Hemos mirado hacia arriba. Y seguimos sin variar el gesto, sin modificar la actitud. Es eso lo que nos impide tener el más mínimo margen de maniobra ante la dichosa crisis. Si queremos salir adelante, es preciso que bajemos la cabeza para poder observar lo que debemos. Y esto no significa rendición. Eso es otra cosa. Se trata de relativizar, de modificar los parámetros al compararse. Si me fijo en algo peor puedo llegar a valorar mucho más lo mío. Incluso, por qué no decirlo, puedo sentir cierta felicidad (es lo que tiene compararse, tremendo, pero la mente del ser humano funciona de esa manera). Sin dejar la protesta sensata arrinconada; sin dejar de pedir lo nuestro. Nada de rendirse; buscando soluciones. Para uno mismo y para el que está allá perdido. Abajo, donde nunca miramos.

No hace falta que diga que me refiero a la actitud personal. Quedan al margen los movimientos políticos, económicos y religiosos. A políticos, banqueros, especuladores y religiosos (los que toman la religión como un fortín estúpido), los doy por perdidos. Siempre miraron desde arriba, pero para pisotear más fuerte.

Mirar hacía abajo y mirar bien. Por ejemplo, ¿de qué sirve mirar al suelo o a los sótanos comparando la prima de riesgo de unos y otros? ¿Se trata de saber que otros se mueren de asco? No; el objetivo es otro: valorar lo propio y ayudar al que está en peligro; valorar lo importante. La prima de riesgo nos la presentan como vital, como esencial. No lo es. Nunca lo fue. Es la gran excusa para desmontar sistemas. No es una herramienta con la que las personas puedan crecer y alcanzar sus objetivos individuales. La prima de riesgo y cualquier cosa de esta misma índole que aparecen en los medios de comunicación a diario.

Nos han enseñado que mirar al futuro es hacerlo hacia arriba. Eso es mirar por el enriquecimiento personal. Es bien distinto. Lo bueno es mirar abajo y diseñar un futuro en el que desaparezcan tantas plantas en las que vivir. Lo bueno es recuperar los valores, las ideologías, la condición humana que hemos cambiado por un billete de 20 €. Pensemos, miremos, ayudemos.


2 Respuestas en “Mirar hacia abajo”

  • Fernando ha escrito:

    Qué lucidez. La verdadera miseria es precisamente esa: estudiar para un final de la universidad con una vela que se consume a cada minuto y no tener otra para reemplazarla cuando se acabe, e ir al día siguiente a rendir tu examen sediento y sin haber podido ducharte y que probablemente te tengas que poner a hacer taxi pese a graduarte con honores porque no hay trabajo y hay que ganarse el pan.

  • Celina ha escrito:

    Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.

    (GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Escritor colombiano)