Mis alumnos más pequeños

Ana María ha conseguido ganar el premio de relato. Con un buen texto. Tan imperfecto que da gusto leerlo. Con su edad es normal. Casi saludable. Ya habrá tiempo de enmendar esas cuestiones técnicas.
Tiene quince años. Creo. Y no la he visto un solo día sin una sonrisa o un gesto de alegría. Da gusto trabajar con gente así.
Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. O más. No estoy seguro. Ha presentado su texto y no ha tenido suerte. Pero da lo mismo. Gana una y las dos se sienten satisfechas.
Ellas y el resto de mis alumnos miran el mundo desde un lugar que nos hemos construido para poder pasarlo bien, para hablar de los asuntos más disparatados que se nos ocurren. Han perdido el miedo a enfrentarse con ideas que antes causaban perplejidad. Si hay que mirar y encontrar basura se hace. Son un grupo de chicos y chicas que dedicarán sus esfuerzos a estudiar biología, ciencias exactas o derecho. Pero ahora reservan un par de horas a la semana para burlarse de lo feo, de lo incómodo, de lo que otros muchachos de su edad no saben ni que existe. Dedican su alegría a escribir, a escucharme cuando les leo un poema, a entusiasmarse con un buen texto.
Ana María ha conseguido ganar su premio de relato. Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. Y yo me siento un tipo afortunado porque comparto aula con ellas. Y con Clara, Andrés, Jaime, Elena, Cristina, Martín, Claudia…


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