Misión Imposible

Los padres compartimos una ilusión muy parecida. Las madres, evidentemente, también. (Puntualizo por si la ministra se me enfada). Hacer posible que los sueños de nuestros hijos se hagan realidad. A veces con exageración, otras con desesperación porque intuimos que el niño o la niña ha elegido una meta demasiado lejana, otras con la ilusión de ver cómo alcanzan lo que nosotros deseamos y nos fue imposible conseguir. Todos (salvo la banda de cabrones que les maltrata) queremos un mundo mejor para ellos, añadir algo de felicidad a un futuro que estará lleno de desgracias, de inconvenientes y de fracasos. (Señora ministra, perdone usted, pero me niego a decir desgracios, inconvenientas y fracasas). Nos preocupa tanto su bienestar que lo llevamos más allá de la realidad. Por ejemplo, mi madre, una vez muerto mi hermano Antonio, no dejó de pensar durante mucho tiempo qué era lo que podía hacer por él. Desde rezar hasta mantener su biblioteca en perfecto estado (no se puede encontrar una mota de polvo en sus libros).

Hoy he recibido noticias de Araceli. Es la madre de un antiguo alumno. Me confiesa que la razón por la que sobrevive es esa, poder hacer realidad el sueño de su hijo. Alberto murió no hace mucho.

Recuerdo que siendo un chaval presencié cómo una mujer, que había perdido a su hijo en un accidente de circulación, enseñaba la foto del muchacho a mi madre. Ría, llore, cocine o duerma siempre le tengo aquí, dijo llevándose el dedo índice a la frente. Lloraba mientras lo decía. Su hijo había muerto quince años antes. Lo recuerdo con claridad. Y lo recuerdo porque ese día empecé a ser consciente de la importancia que adquieren los hijos en lo que resta de vida a los padres.

Que nuestros sueños se cumplan es imposible la mayor parte de las veces. Que se queden en proyectos se convierte en doloroso, nos va destrozando porque llegamos a pensar en nuestra inutilidad, en nuestra impotencia. Que sean nuestros hijos los que sufran con ello nos envejece, nos hace ser miedosos. Por eso tratamos de aliviar lo que sabemos será traumático antes o después. Renunciaríamos a casi todo si supiéramos que eso iba a servir de algo. Incluso dejamos a un lado cuestiones importantes sabiendo que no servirá de nada el esfuerzo.

Creo yo que este es el gran conflicto que existe entre padres e hijos desde que lo son. Unos quieren que se les reconozca el esfuerzo y los otros lo que desean es que les dejen en paz y que se metan el esfuerzo donde buenamente puedan. Quizás fuera más inteligente por parte de los padres (y madres) que nos dedicásemos a resolver nuestros asuntos y que los muchachos topasen con la realidad lo antes posible. Sin cosmética ni adornos.

Mi madre o Araceli se mueven gracias al impulso de las ilusiones ajenas seguramente porque ya perdieron las propias. Aquella mujer de la foto vive gracias al mejor recuerdo que conserva de su hijo, seguramente porque ella no sabe hace años qué es lo que hace en este mundo. Mi hijo Gonzalo (el resto son todavía muy pequeños) quiere descubrir el mundo él sólo. Seguramente se siente inmortal y capaz de hacer frente a cualquier cosa. Todos nos manejamos arrimados a la incertidumbre que genera el futuro. Unos con arrogancia, otros con miedo. Unos con el desdén de la prisa, otros con la cadencia necesaria para no caer en el abismo que tenemos a un milímetro de distancia. La ministra quiere hacer iguales a hombres y mujeres desde un lenguaje estúpido y absurdo.

Si el futuro existe es porque está lleno de ilusiones moviendo a las personas de un sitio a otro. El pasado es un almacén en el que se acumulan las que nunca se hicieron realidad. El presente el taller en el que las fabricamos para sentirnos desdichados.

Sin embargo, los padres tenemos un objetivo común: hacer que las cosas sigan siendo siempre igual. Dichosos sueños.


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