Mosqueteros

Vivir en sociedad es saber renunciar al yo. Desde muy pronto, aprendemos que hay cosas posibles y otras que no están al alcance aunque sean propias. Renunciamos desde el principio sin rechistar, sin elaborar listas. Con cierta normalidad que con el paso de los años se convierte en depresiones, falta de felicidad o reproches. Esa es la cara menos amable de la cosa porque, afortunadamente, existe reverso. Todas esas renuncias, un buen día, se han convertido en grandes amistades, en relaciones largas y más que productivas y, casi siempre, en parte de nuestra fortaleza. Cada uno conoce lo suyo. Y digo eso porque esas renuncias quedan, la mayor de las ocasiones, ocultas; en el debe personal que acompaña a la sepultura.
Con los años nos convertimos en mosqueteros. Todos para uno y uno para todos. Mosqueteros disfrazados de maridos, de esposas, de amigos o familiares. Todos con renuncias que les permitieron formar parte del grupo, con los problemas que ya son de todos. Mosqueteros que en los peores momentos aparecen espada en mano para hacer lo que toque; mosqueteros que aparecen en los mejores momentos para alzarla con la derecha mientras con la izquierda brindan por el éxito propio o ajeno. Hay quien defiende que, por ejemplo, en el amor no puede haber renuncias si es verdadero. O en la amistad. Pero no. Es justo al contrario. Y lejos de ser algo malo es una de las cosas más bellas que alguien puede llegar a hacer. Ser un mosquetero es ser todo. Lo que has podido salvar y lo que arrastraste para poder serlo. Ser mosquetero es ser realista y asumir que el hueco que tenemos en el mundo es fabricado a base de decir no un millón de veces. Ser mosquetero es ser humano.
Ya saben: uno para todos y todos para uno.


1 Respuesta en “Mosqueteros”