Mover a millones de personas es fácil

No hay forma humana de cambiar nada de lo que pasa en el mundo. Los medios de comunicación son tan potentes y están tan bien controlados por bancos, partidos políticos, especuladores del mundo entero y periodistas ridículos que hablan de idioteces que cualquier cosa que se intente nace fracasada. El miedo se cambia por la euforia como si fueran un par de cromos. Un día toca todos vamos a morir; otro nos dicen que el político tal o cual ha conseguido un acuerdo maravilloso que resulta ser una mierda. Pero nos vuelven a meter miedo al día siguiente y todo se calma. Por si era poco, el fútbol aparece en escena para dejar las conciencias atontadas del todo. Y, mientras, las pocas esperanzas puestas en un cambio; en una regeneración social, económica, política y laica, se pudren en las esquinas. El 15 M se quedó en nada; los mineros andan luchando para nada; los que expresan sus ideas -con sensatez y cierto criterio- escriben o hablan en medio de un desierto construido para ellos durante los últimos años; los estudiantes se movieron un rato y se fueron de vacaciones; los trabajadores siguen aborregados con el pastor repartiendo temores y amenazas. Esto no tiene arreglo. Y no lo tiene -ha llegado el momento de decirlo- porque no existe el problema, porque lo hemos eliminado. Si, en realidad, estuviéramos en el borde de un precipicio; si, en realidad, estuviéramos con la soga al cuello por la falta de trabajo o por la falta de un plato de comida; si así fuese, no podríamos estar mirando lo que sucede como si tal cosa. Nos hizo mucha gracia eso de llenar plazas. Tanta como vaciarlas cuando la cosa comenzaba a significar un grado de implicación que nos pondría en aprietos ante nuestro propio bienestar. Nos hizo mucha gracia llenar las redes sociales de mensajes incendiarios y de ideologías baratas -ha llegado el momento de decirlo, también-. Tanta como olvidar esas maravillosas ideas que se recogieron en listas de frases célebres y que casi nadie entendía o con las que casi nadie comulgaba. Nos hizo mucha gracia parecer rebeldes por si nos convertíamos en el Che Guevara vestido de Dior.
Aquí, lo he dicho un millón de veces, lo que sucede es que no hay ideología a la que agarrarse. Nos dijeron que todas habían fracasado y nos lo creímos. Nos dijeron que lo único que se podía creer era en el dinero, en la propiedad, en pelear por el éxito a base de trabajar y no pensar. Por supuesto, lo creímos. Otros nos dijeron que Dios era una hucha que debíamos llenar cada domingo. Y Dios se murió (eso es muy malo, sea cual sea ese Dios, porque nos hace olvidar nuestra parte trascendente) mientras que las huchas se llenaron. Porque nos lo creímos también. Ahora nos dicen que la crisis ha consistido en que nos hemos gastado una pasta que no era nuestra. Pues nada, a creer mientras los chorizos del mundo entero se descojonan de nosotros con los bolsillos llenos de billetes. El juicio de Isabel Pantoja es la noticia de la semana. Que no juzguen a los que han provocado este desastre no se menciona. Seguimos jugando a no tener ideas, a no trabajar por encontrarlas (nuevas o en los libros). Y así nos va, claro. Pero si podemos ir de vacaciones aunque sea de una forma cutre, si podemos disfrutar de un buen partido de fútbol o si no falta un trabajo de mierda para nuestro hijo, todo puede soportarse.
!!Cualquiera se pone ahora a pensar en lo que movió el mundo hace unos años o lo podría mover en la actualidad, cualquiera se pone a pelear por los derechos universales poniendo en peligro los propios¡¡ Eso que lo hagan otros. Nosotros tenemos que dar una imagen ante los otros. ¿Se imaginan a un tipo diciendo en su entrevista de trabajo que cree en la clase obrera o en un sistema más igualitario; se imaginan a un individuo afirmando que su interés no es hacer millonario a otro sino que el mundo funciona mejor? Yo no.
Deberíamos estar decepcionados. Y mucho más indignados que nunca. ¿Qué tiene que pasar para que nos pongamos en marcha? Pues que los futbolistas ganen campeonatos. Una maravilla del ser humano que logra llenar las calles de todo un país. ¡Qué tristeza y qué fácil!


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