Mundanza

– No, la mesa de trabajo irá aquí. Exactamente aquí. La estantería en la pared del fondo, esta butaca aquí. Y el sofá justo en medio de la habitación.

– No me gusta.

– Tú decidiste colocar tus muebles sin consultar y no estuve de acuerdo. Siguen en el mismo lugar. Deja que yo coloque los míos. Repito lo que dijiste en su momento: me vendrán a ver mis amigos y así estaré más cómoda, cada uno coloca las cosas a su gusto porque el espacio es privado y en eso no te puedes meter, ¿para qué quieres una silla en mi despacho?, como mucho te dejo poner una en ese rincón. ¿Lo recuerdas? Eso dijiste exactamente. Ahora sé coherente, por favor.

– ¿No puedo tener un pequeño hueco?

– Claro que sí. Mira entre el sillón y la estantería puedes tener tu mesa y tu silla por si decides escribir algún día conmigo. Y yo encantado, de verdad.

– Preferiría junto a la ventana. Siempre me dejaste ese lugar.

– Nos estamos mudando y las cosas cambian. Yo no quería y preferiste este piso. Querías más sitio para los amigos y ya lo tienes, querías más sitio para las fiestas familiares y ya lo tienes, me asignaste esta habitación para poder trabajar y sin gustarme del todo dije que sí. Más no puedo hacer. Ya te dije que donde estábamos vivíamos bien. Nos acostumbraremos. Ya lo verás.


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