My name is Huete

Hoy hablaba con Juan (mi nuevo compañero de trabajo) de nuestros días en el colegio. Mientras esperábamos a que nos sirvieran el café en el bar donde lo tomamos cada mañana recordábamos las clases de música. Qué cosa tan graciosa. La flauta, la maldita flauta. Aquello era imposible. Notas que se elevaban sin ton ni son, los agujeros mal tapados que convertían la partitura en una cosa extraña y horrenda. Los ensayos en casa o antes de comenzar la clase. Pero lo mejor, lo que nos ha provocado un pequeño ataque de risa, eran los exámenes. Uno iba esperando su turno escuchando como fracasaba el noventa por ciento de la clase. Los malos te hacían gracia porque inventaban cualquier cosa e incluso alguno pasaba al echarle cara, los normales pasaban las de Caín y los más listos fallaban como el resto. Estos pedían una segunda oportunidad por los nervios, casi llorando. Al mismo tiempo, el aula se convertía en una juerga oculta por los puños que mordía el más pintado para evitar una carcajada. Aquello era imposible.
La flauta y soplar con disparates. Uno que no sabía ni dónde tenía la mano izquierda se ponía a tu lado al escuchar una falsa promesa. Huete, Huete, siéntate a mi lado que lo llevo de cine. El profesor de inglés entraba y Huete, relajado como nunca, se presentaba voluntario para contestar la prueba oral de cada semana. Qué sorpresa, Huete, ya era hora de que estudiases. A ver: What are your name? Huete inclinado hacia la derecha escuchaba y repetía. I am eleven years old o My teacher is very funny. Huete salía expulsado de clase inmediatamente. Ataque de risa general.
En fin esos recuerdos que van quedando y que sólo vienen a la memoria si alguien quiere compartir un café sin hablar de negocios o del seis cero que sufrió el domingo pasado un equipo de fútbol.
Ya no valen esas cosas. Una nota que no suena como es debido te cuesta el puesto de trabajo, soplar mal a un compañero puede ser motivo de conflicto grave.
El sentido del humor desaparece cuando dependemos de nosotros mismos, de nuestro esfuerzo, del dinero que llega a final de mes. Siendo niños tienes una vida por delante que no preocupa lo más mínimo. Siendo adulto sabes que ya has dejado la mitad de la vida atrás y las preocupaciones no dejan sonreír más de la cuenta. Los años te confunden, aturden el sentido del humor y todo se arrincona frente a la caja fuerte.
¿Qué habrá sido de Huete? ¿Superaron aquellos chavales tan estudiosos su trauma musical? No lo sé. Lo gracioso es que en la memoria siguen fallando y pidiendo clemencia, riendo después del desastre. Qué gusto.


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