Nada de narices

Trabajar es cosa de narices. Unos se tocan las propias, otros manosean sin pudor las del prójimo, además de batallones de aventajados que retuercen, golpean y maltratan pituitarias ajenas mientras acarician su forma de escaqueo. Trabajar es cosa de narices. O de huevos. Si lo prefieren de pelotas. Cualquier parte del cuerpo humano susceptible de ser tocada con insistencia puede servir. Cosa de pies, de orejas, de barriga. Lo mismo da. El caso es que hacer las cosas por narices no puede ser sano.Me he encontrado con muchos que, por ejemplo, quisieron escribir un relato por pelotas. Y se deprimieron. Levantarse y, media hora después, encontrarse pegando sellos se puede hacer sabiendo que, a final de mes, algunos euros recibirás a cambio. Pero hay cosas que no. De ninguna manera. Hay trabajos y trabajos. En realidad, hay dos tipos. Los que haces obligado o por huevos y los que quieres hacer libremente para poder prescindir de los primeros y sentirte realizado.La persona que se levanta a las seis de la mañana, se ducha, toma un café preguntándose sobre qué coño es todo esto, coge un autobús lleno de personas que se están preguntando por qué coño van metidos en ese trasto, entra en una oficina que le parece un campo de concentración hasta los topes de gente aburrida de su vida laboral, se sienta durante ocho horas para hacer el paripé sin atender a un sujeto que le intenta convencer de que la empresa es su vida, se levanta de la silla para meterse en otro autobús que le lleva a su casita, esa persona, digo, busca nervioso otra forma de vida. Y está de moda que quiera tocar un instrumento musical, pinte cuadros o dedique sus esfuerzos a escribir textos patéticos que enseña a diestro y siniestro con el único fin de escuchar que tiene una posibilidad de triunfo. Si lo ha conseguido Faulkner que era un pinta tú también lo puedes llegar a alcanzar, le dicen los que le quieren.Lo intenta, no lo consigue, se deprime y alguien (que le quiere menos) le chiva que Faulkner era un pinta, que bebía más de la cuenta y que su vida era un desastre, pero que era un genio. Intenta buscar una salida y se encuentra con que ha fabricado un callejón corto, sin salida, que le lleva al mismo autobús que el día anterior, pero con un poco más de déficit en la autoestima.Todo el mundo parece querer ser escritor por narices, cualquiera se cree en condiciones de conseguirlo con un par de cojones. Eso o cantante de éxito que sólo tiene que superar una prueba estúpida delante de una cámara y, luego, dedicarse a cantar horteradas los domingos por la noche mientras cientos de jovencitos envían mensajes de texto para votar por su futuro. O pintor. Porque dibujar una raya roja en un lienzo y titular la obra “Porvenir” es gratis y entre los amigos suele causar furor.Hacer las cosas por narices no puede ser sano. Hacerlas porque sí tampoco. Y hacerlas para ser otro, de la noche a la mañana, es una idiotez. Ni siquiera Faulkner siendo un genio se libró de ser él mismo. Él y lo que le había tocado en suerte durante el reparto de miserias.Sospecho que es mejor intentar hacer lo que toque y lo mejor que se pueda. Incluso lo que se realiza bajo la presión de las pelotas de otro, incluso eso, puede aportar un cierto grado de satisfacción. Ya que no cabe otro remedio, es mejor intentar regresar a casa contento, razonablemente satisfecho. Siendo el mismo que madrugó desganado, sin querer dar un golpe de timón para el que hacen falta conocimientos y un buen periodo de formación. Las cosas no pasan por huevos, nos pongamos como nos pongamos.Levantarse sin saber lo que es un pentagrama y acostarse siendo un virtuoso del violín sólo pasa en las películas.Además, parece que los artistas lo hacen todo bien, que el que escribe se acuesta contento y feliz por serlo, que un músico no tiene un maldito problema en la vida o que el pintor se dedica a disfrutar del mundo sin pensar en otra cosa que no sea el arte y la maravilla que es crear. Y no. Más de uno llora cada noche pensando en una mesa llena de sobres que tienen que ser franqueados de ocho a tres, en una llave inglesa o en un serrucho. Y casi todos se meten en la cama sabiendo que lo que han hecho durante el día no sirve para nada. En el arte los huevos, las narices o las pelotas están de más. Y los artistas viajan en metro, tienen facturas sin pagar, les obligan a esto o a aquello en la editorial y se preguntan qué coño es esto de vivir. Que lo sé yo. Y no es sano.


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