Nada más

La soga que el mundo lanza, por fin, se afloja. Antes rodeaba un cuerpo. El pensamiento escapado a su suerte.
Sin saberlo, sin quererlo, uno estira hasta hacer daño. Todo queda más allá. En libertad, ajeno a la suerte que adquieres en cada gesto. Se desdibuja la realidad por la que tanto has trabajado, todo es hostil y la cadencia del tiempo toma el valor de un parpadeo. Pero sigues tirando muy fuerte no sabes por qué.
Muchos ayudan a tirar. Algunos tratan de parar ese microdesastre que no cambiará el mundo. Ni mucho, ni poco. Millones contemplan el espectáculo sin saber que algo pasa.
Y una mañana te levantas sin la soga alrededor. Ni siquiera preguntas por ella. Tan sólo te limitas a recoger para apilar en un rincón que quisieras no volver a transitar jamás. Abres los ojos y son tus ojos los que miran, abres la boca para hablar pronunciando el lenguaje de siempre (tan traicionero, tan divertido y tan tuyo), levantas la mano y nadie acude con otro saco sucio para limpiar.
Llega el final. Lo eterno se torna efímero, inútil. El mundo vuelve a ser lo que era. Tú mismo y nada más. Con la cosmética del amor, de la amistad o de la rutina. Pero tú mismo y nada más.


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