Nada puede cambiar

Cada uno de nosotros tenemos una verdad. Única, definitiva. Unas veces la construimos a base de mirar, otras a base de engaños. Muchas inventando. Pero esa verdad se ve condicionada por la ignorancia. Eso siempre, sin excepción. Sólo cuando alguien te muestra lo que no sabes, lo que no puedes llegar a imaginar, sólo en ese momento somos capaces de modificar un pensamiento mostrenco y asustadizo. Llegan los miedos, la inseguridad, la bajada a las propias bodegas que encontramos llenas de lodo. Y lo peor es que no podemos cambiar nada de eso. Nos muestran la realidad para que nos conformemos, para que empecemos a construir una nueva verdad dolorosa, para recolocar aquello que hemos podido salvar del desastre. Poco, muy poco.

Inmediatamente; hecha de restos, de los trozos propios que hemos podido rescatar; construimos una verdad única y definitiva. Sabemos que viajamos con rumbo incierto, con la sensación de fracaso agarrada a las entrañas, de no haber podido conseguir ser como quisimos hace años cuando nada importaba. Con la desazón que provoca saber que nada de lo que hicimos sirvió, que nadie lo vio.

La verdad única y definitiva nunca llega con dulzura. No. Es brutal, despiadada, lesiva. El ser humano siempre la quiso tener, pueblos enteros han sufrido por encontrarla y muchos han muerto en su nombre. Multitud serán los que al descubrirla piensen que no merecía la pena toparse con ella.

Vivimos entre mentiras que nos arropan protegiéndonos de una realidad agresiva. A los pies de la cama se instala esa verdad que no admite calificativos, que no puede ser única ni verdadera. Y un día nos destapamos con arrojo sabiendo que dejaremos de ser nosotros mismos. Por siempre jamás. Con una pregunta detrás de los párpados. ¿Era tan importante saber?


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