Nada tan fácil ni tan barato

La imaginación es libre, rápida y peligrosa. Difícil de controlar, escurridiza, incansable, improbable cuando menos lo esperas.
Basta sentarse, escuchar buena música y dejar que todo lo arrastre el pensamiento. Nada es tan fácil, nada es tan barato.
Pero el regreso es otra cosa bien distinta. Quien se asoma más allá de lo conocido, de lo posible o de lo razonable, posiblemente se quede allí. Sin remedio. Ese amor soñado que podemos disfrutar al cerrar los ojos, la venganza hecha realidad rozando la perfección, nosotros mismos convertidos en seres maravillosos a los que no nos parecemos en absoluto. Un mundo ideal que no queremos ver como se desvanece, cueste lo que cueste. Y lo convertimos en una ilusión desesperante; en un motivo, más que suficiente, para seguir adelante cuando, en realidad, nos ancla a la zona más triste de todas. A nuestra soledad.
El que logra volver lo hace dolido para instalarse lo mejor que pueda, donde sea capaz de disfrazar esa sensación con un color agradable sobre el negro de la ausencia eterna.
Imaginar no transforma la realidad. Tan sólo la distorsiona. Y nos aleja de ella hacia una espera absurda. Muchas veces dolorosa. Se regrese o no.


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