Ni lunares ni caderas

No son pocos los que siguen enamorados de las actrices que conocieron en las pantallas de cine durante la niñez. Creo yo que todos hemos tenido un amor de ese tipo. Mi hermano Andrés se derrite mirando a Marilyn Monroe. Mi padre confesó ser admirador de “Gilda”. Yo también. Y de Audrey Hepburn. Pregunto por aquí y uno me dice que nunca le gustó nadie como le gusta Jennifer O´Neill, otro que amará eternamente a Sofía Loren.
El caso es que uno viendo películas se procura amores tan imposibles como falsos. Los chavales (los que no lo son tanto, también) van construyendo un canon de belleza al unir las partes que más gustan de sus actores y actrices favoritos. Y terminan enamorados de uno de ellos, del que suma más rasgos apetecibles. Eso lo trasladan al mundo real y se fijan en lo más parecido que encuentran. No es esto algo pasajero. Dura, dura. Se arrastra por mucho tiempo, quizás por todo el tiempo. Además, es en ese momento cuando descubren las imperfecciones de papá y mamá, que habiendo sido sus héroes hasta ese momento, caen en desgracia hasta pasados diez o quince años.
En una ocasión me contaron que, durante los años cincuenta, el lunar en la mejilla era inevitable, que fue una moda muy extendida entre las mujeres la de pintarse uno con un lápiz de ojos (creo que se llama así). La piel blanquita y el lunar en la mejilla. Un buen lunar, que pudiera verse con nitidez. Y que las mujeres tenían caderas para lucirlas.
Ahora nadie se pinta lunares, lo de la piel blanquita es síntoma de enfermedad y las caderas se ocultan con blusones. Cuando una mujer las enseña es porque usa una talla de niña siendo ya adulta. Entre los hombres se lleva más esa mezcla de virilidad y sensibilidad que la virilidad a secas. Su vestuario se parece, cada vez más, al de las mujeres. Pantalones pesqueros (piratas, creo que se llaman), sandalias de diseño y el pelo muy salvaje (eso significa despeinado, como cuando uno se levanta o algo así). Eso sí, conviene no afeitarse en un par de días para que esa virilidad aparezca de alguna forma y se pueda mezclar con una sensibilidad que no puede faltar.
Parece que se ha impuesto, ya de forma definitiva, un culto al cuerpo que lo único que genera en un complejo enorme al noventa y cinco por ciento de la población. O más. Menuda moda tan estúpida.
Antes nos enamorábamos de los famosos y ellas se pintaban lunares en la mejilla. Ahora nos hacen creer que eso que vemos es lo mejor y dejamos de comer, de enseñar nuestras caderas. La virilidad la disfrazamos con una lágrima allí o una falsa ternura allá.
Me gusta ver a la gente tal y como es. Y me gusta tratar a la gente sin tener que mirarme en un espejo antes de empezar cada conversación. Qué difícil es. Secuelas de la moda estúpida.
Gilda y Marilyn tenían unas caderas que hoy no podrían enseñar. Una pena. Una pena muy grande. Nadie se pinta lunares en las mejillas. Afortunadas las mujeres que lo tienen porque es de lo más atractivo. Y afortunadas las que tienen caderas y las muestran diciéndo “aquí estoy yo”. Gilda y Marilyn siempre serán ellas, las más grandes. Y la Hepburn más, que para eso fue mi novia durante años.


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