No escribir

Sólo conozco un placer similar al que produce sentarse frente a un papel en blanco con la intención de escribir. Ese es, ni más ni menos, el que produce no hacerlo.
Cuando hay algo que contar; cuando el mundo se convierte en una centrifugadora funcionando a toda máquina que hay que detener con rapidez; cuando el trazo es ligero porque busca una meta exacta; la escritura se convierte en un placer que sólo los que lo han experimentado alguna vez pueden llegar a entender. Pero cuando el tono es impostado, lo narrado una imitación de lo escrito un millón de veces ya; cuando lo buscado es la lectura dócil de sujetos sin criterio; la escritura se convierte en una tortura difícil de soportar para el escritor. Es la guadaña que acaba con los pilares del artista. Seguramente, para los que dicen serlo sin saber que no lo son ni lo serán jamás, es un divertimento que arrancará cierto alborozo entre amigos y familiares. Seguramente.
Si hay algo malo en el universo de la creación literaria es ese afán por decir cualquier cosa, hacerlo pasar por literatura, y esperar a ver si cuela. Y ya no hablo sólo de escritores. Se puede decir lo mismo de los editores. Supongo que, desesperados, lanzan al mercado cientos de títulos buscando una suerte que nunca llegará por falta de calidad en la obra, falta de promoción de la misma o una distribución de los ejemplares cicatera e insuficiente.
Dejar de escribir no es síntoma de menor capacidad de fabulación, ni de falta de ideas. Creo yo que tiene más que ver con la tranquilidad del escritor, con un mundo que se mantiene ordenado y aseado sin causar grandes problemas. Es desde el desconcierto, desde las ruinas de la propia realidad del escritor, desde donde llega la necesidad de escribir. No quiero decir con esto que el dolor provoca una gran necesidad de escribir, que también; a lo que me refiero es a que el mundo se desmorona (por cualquier causa, incluidas las más amables) y hay que reconstruirlo.
Escribir es una de las actividades más excitantes que un ser humano puede realizar. Escribir, sin ton ni son, la tortura más destructiva. Por eso no escribir es tan gratificante como hacerlo.
Ojalá lean esto los cientos de personas que no saben, todavía, que hacer literatura es bien distinto a gustar al lector, a contar cualquier majadería o a desahogarse vomitando lo primero que viene a la cabeza (eso es cosa para el diario; sí, el librito con candado).
y, ahora, silencio, por favor.


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