No hacen falta policías en las puertas

Supongamos que al salir a la calle nos encontráramos con un policía que nos mirase, de arriba a abajo, para comprobar que la marca de nuestros pantalones fuera la indicada, el corte de pelo correcto y que los zapatos estuvieran limpios, casi brillantes. Supongamos que ese policía pudiera detener a cualquier persona que no cumpliera con los requisitos establecidos. Y, por último supongamos, que al regresar a casa encontráramos al agente esperando en la puerta de nuestra casa para realizar la misma inspección de ropa, pelo y zapatos. Cada día. Mañana y noche.
Seguro que estaríamos pensando en nuestro aspecto durante todo el tiempo. Nos acicalaríamos el pelo cada poco, llevaríamos una gamuza lista para abrillantar la piel de los calzos y dejaríamos la marca de nuestro pantalón a la vista cada dos por tres. No prestaríamos atención a casi nada que no fuera eso y no otra cosa.
Ahora, piensen en su día a día. Noticias horribles sobre nuestro futuro, miedo a perder nuestros ahorros, posibilidad cercana de quedarnos sin empleo, la cuenta bancaria tiritando, la amenaza de un desplome económico nunca antes vivido por el hombre. Y todo el día con ello en la boca o en la del que tenemos al lado. Efectivamente, no prestamos atención a nada más. Y esto significa que no pensamos; que no reflexionamos sobre nuestras ideas políticas, sobre lo que somos, sobre la ética o la moral, sobre nuestra forma de entender el mundo; no atendemos a las cosas del amor; dejamos de ser para convertirnos en títeres manejados por los medios de comunicación que manejan (a su vez) los políticos que se mueven al son de la banca. El miedo es mal compañero de viaje. Y si llega en forma de noticias masivas nos bloquea. Lo más sangrante que eso nos bloquea, pero, por otra parte, la falta de verdad (esa no la anuncian ni la difunden) nos hace ignorantes. El resultado es demoledor: aterrorizados, bloqueados e ignorantes. El panorama es desolador.
Pues ese, le guste o no, es el día a día de un porcentaje desorbitado de personas. Entre ellas usted (tal vez) y yo (seguro).
La cultura del miedo. La gran dictadura disfrazada de democracia. Una mentira tan cruel que produce vértigo pensar en ella. Esa es la forma de vivir actual.
Aunque lo más preocupante es otra cosa. La falta de reacción que provoca. Estoy harto de escuchar opiniones que van del escándalo que producen las decisiones políticas y económicas al insulto. Ya son pocos los que ven esto como si de una juerga se tratase. Suelen ser los que tienen la vida solucionada hace tiempo (a base de robar muchas veces, heredada la cosa otras, o habiendo trabajado con honradez las menos), suelen ser los que piensan que siempre hubo pobres y no pasa nada, los que miran con desprecio a los inmigrantes y esas cositas. Pero el resto, la gran mayoría, miran y no dan crédito a lo que ven. Eso sí, ni un movimiento. El miedo bloquea. Nos conformamos con enviarnos, unos a otros, correos electrónicos incendiarios, con dar un golpe en la mesa de casa y poco más.
Así es imposible un mínimo de progreso hacia la solución del problema. Estamos aterrorizados y eso no puede ser bueno. Nunca lo fue. Reflexionen, queridos. Y no vean los telediarios tragándose cualquier cosa.


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