No quiero ser Follett. O sí.

Los escritores solemos criticar sin piedad las novelas conocidas como “best seller”. Además lo hacemos afirmando que eso es lo que no quisiéramos hacer nunca. Lo decimos con cierta rechifla omitiendo que lo que sí nos gustaría es tener a nuestro nombre la cuenta bancaria de cualquiera de los autores que se ponen las botas con cada una de sus novelas. Suelo escuchar (supongo que alguna vez lo he dicho yo mismo) que escribir un best seller es fácil (una heroína que termina triunfando, un villano malo como el demonio, un héroe que termina enamorado de la heroína triunfadora, algo de sexo, un misterio que se resuelve en la última página, tres o cuatro escenas violentas en las que el malo mata a dos o tres buenos, una escena violenta en la que el malo muere con dolores inimaginables y cosas de este tipo); suelo escuchar, decía, que escribir este tipo de novela es fácil, pero que no le pide el cuerpo al escritor de raza semejante cosa. Y suelo pensar sobre ello cada vez que me encuentro delante de un libro firmado por Ken Follett.
Efectivamente, los malos best seller son muy malos. Fatales. Un ejemplo claro es “El Código Da Vinci”. Peor no se puede estructurar una novela, peor no se puede perfilar un personaje, diálogos tan vacíos no pueden lograrse ni queriendo. Eso es verdad. Tan verdad es eso como que los buenos son buenos, muy buenos.
Creo yo que todo el que quiere ser escritor debe asomarse a los libros de Follett. Concretamente a “Los Pilares de la Tierra” y “Un mundo sin fin”. No quiero decir con esto que se trate de novelas profundas y maravillosas. No. Pero sí de novelas en las que el autor demuestra una gran habilidad al crear una trama que envuelve al lector de principio a fin. Ya sé que la trama no lo es todo en la literatura. Ya sé que puestos a señalar defectos podemos enumerar un buen puñado de ellos. Ya sé que Follet no es Faulkner. Pero también tengo claro que Faulkner no es Follet. Cada uno en un territorio diverso y distante entre sí son maestros. Y a los maestros hay que atenderles. Para elegir un camino o para eliminarlo de las posibles opciones. Para vivir de escribir o vivir escribiendo además de.
Digo todo esto porque estoy leyendo la última novela de Follett. Me estoy divirtiendo porque no me siento obligado a encontrar grandes recursos estilísticos ni zonas de exposición llenas de riesgo. No busco nada de eso para que pueda gustarme la novela. Busco sentarme en el sillón de casa y pasar un buen rato. Y no me dan ataques ni nada. Si no conociese otros autores, otras formas de entender la literatura y el oficio de escritor sí tendría un problema (el que tiene el individuo que lee este libro y no más, o todos los best sellers del mundo creyendo que tiene una obra de arte en las manos).
Lo leo sin ningún tipo de vergüenza. Y se lo pasaré a mis hijos para que, definitivamente, queden enganchados a la lectura. Ahora bien, no escribiría algo así jamás. Ni sé hacerlo ni quiero saber. Salvo que me aseguren las ganancias de Follett no pienso cambiar de opinión.


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