No, si al final vamos a ser todos iguales

Nota importante: Este texto ha sido escrito sin que el autor se parase a pensar sobre lo que escribía, de forma automática, y no se ha modificado ni una sola coma tras la escritura. Lamenta mucho este tipo de espectáculos, pero nunca tira nada de lo que escribe.

Casi nadie tiene ideas. Lo único que hacemos es tomar prestadas las de otros para poder pensar en algo que nos parece interesante y sentirnos mejor. Los que tienen ideas originales son muy pocos. Son esos a los que llamamos genios. La faena es que se suelen volver locos o se suicidan después de llegar a una conclusión potente. Dicho de otra forma: se creen lo que dicen a pie juntillas conscientes de ser genios o dejan de creer en eso que han pensado y la vida se convierte en lo que era un poco antes y ellos en un mortal más. Por el contrario, los demás nos sentimos la mar de bien cogiendo de aquí y de allá para construir lo que creemos original, exclusivo e inteligente. También nos volvemos locos y nos suicidamos, pero por otras razones. Dicho de otra forma: los hombres y mujeres de a pie enloquecen por falta de amor, de dinero, de talento para hacer lo que nos gusta… Esas cosas. El suicidio es habitual en estos casos cuando descubren (descubrimos) que no son genios, ni lo van (vamos) a ser, entre los que pierden (perdemos) la inocencia y se miran (nos miramos) sin reconocerse (nos). Es decir, son (somos) carne de cañón. Eso sí, nos conformamos fácilmente creyendo que pensamos cosas de lo más estupendas.
He conocido a pocos genios. Si las cuentas no me fallan han sido tres. Uno está internado en un sanatorio psiquiátrico. Ingresó voluntariamente para evitar el suicidio. Solicitó que le practicaran una lobotomía de urgencia y está sentado al lado de una ventana repitiendo sin parar que Sevilla, en verano, es una maravilla. Otro se intenta suicidar día sí, día no (se arrepiente siempre porque dice que igual la vida es otra cosa y que se está infravalorando. Este es un genio y un tío muy espabilado). El tercero no sabe que es lo que es. Dice sentirse raro, incómodo, va largando reflexiones estupendas que le copian unos cuantos que tiene alrededor (le dicen que eso ya está dicho por otros para que no descubra la verdad y se tenga que volver loco o se tire por la primera ventana que vea abierta). Bueno, también conozco a uno que dice serlo aunque, en realidad, es medio imbécil. Afirma que tiene ideas a barullo, que no las hace públicas para no hacer de menos a nadie. Un día me confesó una de ellas para que pudiera comprobar que no mentía. “El infinito es tan grande como uno puede llegar a imaginar”. Eso fue lo que me dijo. Y se quedó tan ancho. Vaya, que no es un genio ni nada que se le parezca.
En definitiva, que todos somos medio tontos, pero algunos lo llevan con mucha más dignidad que la gran mayoría. Genial.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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