Nombres (9)

Paula María.
Sólo utilizaba las manos para moldear la arcilla. Creía que era a través de la piel la única forma posible de crear. La figura estaba acabada. Miró, se alejó varios pasos para comprobar que no le gustaba, se humedeció las manos en el agua teñida de color rojizo y se acercó de nuevo para apretar con fuerza el rostro de la figura. Después de quince años, todo se había convertido en un ritual perfecto.
Los que habían visto alguno de sus trabajos antes de ser destrozados juraban que si te acercabas lo suficiente para observar con detalle podías ver cómo aquellas figuras respiraban, sonreían o lloraban con expresión implorante. Y él, tras quince años, destrozaba sus trabajos sin piedad alguna.
Prohibió la entrada a su taller. A todos sin excepción. Durante un par de años no recibió ni una sola visita. Fue una muchacha de ojos claros la primera y única que pudo entrar allí. Tan sólo quiero ver cómo destroza sus figuras, le había dicho. Cada día se sentaba sin decir una sola palabra detrás del artista. Y cuando la arcilla volvía a ser una masa amorfa se iba.
Una tarde de verano miró la figura y le gustó. Retocó una pizca la nariz y decidió dejar todo como había quedado. Perfecto.
Salió al balcón para pensar una vez más en ella. Ya eran muchos años de ausencia. Y fue, en ese instante, cuando supo que no era capaz de recordar como antes. Algún detalle inventado rellenaba el recuerdo. La muchacha seguía sentada. Sin moverse. Miraba la figurita con los ojos entornados. Él gritó. Puedes cogerla y llevártela. Es tuya. Eres tú. Ella se fue. Con ella. Y él, desde su taller, oculto por la cortina amarillenta, observó cómo se alejaba, fijándose en cada detalle.
Hoy pueden comprarse sus figuras en las mejores galerías del mundo. Se pagan precios improbables por ellas. Les precede la fama de una vida propia. Aunque nadie, desde el verano de mil novecientos setenta y cinco, ha podido comprobar que así sea.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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