Normales y corrientes

Tengo cuatro hijos y, afortunadamente, son distintos entre ellos. Siempre lo serán. Con sus cosas buenas. Con sus defectos. Afortunadamente, también, los padres no estamos en el mundo para educar a los hijos del mismo modo, para eliminar sus defectos o para que elijan una vida u otra. Estamos, ni más ni menos, para vivir nuestra propia realidad.
Queremos que sean perfectos. Pero nosotros no tendemos a serlo. Nunca lo hicimos. Pero ellos deben hacer un esfuerzo por encima de sus posibilidades para leer mejor, para escribir mejor, para tener una nota media que les otorgue el privilegio de ser no sé qué cosa que ellos, tal vez, no desean ni por asomo.
Queremos que sean otros sin darnos cuenta de que son lo que son. Y que terminarán siendo lo que ellos mismos elijan o la fortuna les permita.
Nos hace sentir mejor pensar por ellos aunque a ellos les aterrorice la idea de parecerse mínimamente a esos señores anticuados que son sus padres. Lo hacemos sin preguntar, imponiendo la ley del dinero que llevamos a casa, de nuestra experiencia, de nuestra forma de ver las cosas. Intentamos que renuncien a su propio yo con la excusa de ser sus padres. Sin darnos cuenta de algo terrible y brutal: estar convertidos en fabricas de perfección fracasadas.
Mis hijos, como los hijos de cualquiera, son normales y corrientes. Igual que lo soy yo o lo fue mi padre. Normales y corrientes. Con sus cosas buenas; con sus defectos; distintos entre ellos.
El mayor quiere dedicar su vida al deporte. El segundo lo único que cree saber con certeza es que su padre es un gilipollas (como cualquier adolescente piensa del coñazo de padre que le ha tocado en suerte). Guzmán, el tercero, sigue viendo las cosas con una sensibilidad a prueba de bomba. Y la pequeña decidió ser feliz desde que nació y sigue atrincherada sin ceder un palmo de terreno. ¿Saben? Creo que eso les hace sentirse realizados a cada uno de ellos. Y no pienso hacer el más mínimo esfuerzo para que Gonzalo decida ser ingeniero porque no quiero joderle la vida con tanta tontería y tanto esfuerzo dirigido a ganar dinero. Tampoco moveré un dedo para que Guillermo crea que no soy medio gilipollas. Porque igual lo soy y el chico tiene razón. La sensibilidad del tercero me parece un tesoro. Y si termina dedicándose a escribir y ser más pobre que las ratas habrá que asumir que tendremos compañía en casa más años de lo normal. Y la trinchera de Gimena me parece lo mejor que le puede pasar a nadie en la vida. No pienso en otra cosa más que en apuntalar cada palmo de los que no ceda; cueste lo que cueste.
Yo no he venido a este mundo a construir perfecciones. Sí a tener una familia estupenda llena de gente diferente y tan cercana a la felicidad como sea posible. Sin renunciar nadie a ser lo que es.
Normales, corrientes. Como son las personas, coño. A ver si nos enteramos de que lo del cine y la televisión es otra cosa. Precisamente lo que nunca llegaremos a ser. Eso, no alcanzar sueños imposibles, es la mayor de las desdichas. Aunque seas ingeniero, astronauta o cirujano plástico. Puestos a ser infelices que, al menos, sea haciendo lo que siempre quisiste ser porque podías serlo sin esfuerzos estúpidos.
Pues eso.



3 Respuestas en “Normales y corrientes”

  • Núria A. ha escrito:

    Pues sí, mucho mejor así. Las cosas ya son lo bastante difíciles como para añadirle frustraciones sin necesidad.

  • Edda ha escrito:

    Con todo lo que queremos que hagan va a ser un milagro que sean normales y corrientes. A mí me basta una mirada de mi hijo mayor con la que me dice: ¿Pero tú te estás oyendo? Entonces freno y pienso: Que sean felices, nada más.

  • Celina ha escrito:

    Hola, “Don medio-gilipollas”.
    Ahhh, por èso…, y por màs, es que no dejo de leerte. ¡¡¡Te veo, bien!!!
    Un besito con un abracito.