Nos vemos en el infierno

Incapaz de recordar por la pereza a los que me hicieron daño pienso en los que lo intentan ahora. Son pocos aunque tercos. Procuro no fijarme en lo que hacen. Al fin y al cabo, pronto nos encontraremos en el infierno. Y, además, no hay que temer al que pueda matarte. No. A esos conviene esquivarles hasta donde sea posible. Poco más.

Los peligrosos son los que pueden vaciarte como ser humano. Son las personas a las que amas las que pueden destrozarte, hacerte añicos. Amar a un hombre o a una mujer sin que te corresponda, pensar que tienes un amigo al lado y sentirte traicionado, un hermano que te olvida o es capaz de discutir por unas monedas. Eso es el fin. Nadie puede con un peso de esa categoría. Con ellos no sirven las huidas, el no hacer aprecio o esconderse tras un vaso de vino.

Los que hicieron daño o lo intentaron ya no están. Forman parte de una bitácora escondida en lo profundo de las bodegas. Aunque intenten presentarse obstinados. No preocupan ni merecen vigilancia ni un mínimo esfuerzo al recordar.

Sin embargo, con los que amas el esfuerzo ha de ser gigantesco. Con ellos y no con los otros. Por eso desplazan a los que llegan con una daga entre los dientes. Oxidada, a punto de romperse en mil pedazos.


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