Ocas

Me gustan las mujeres gordas. Siempre he sentido una atracción incontrolable por ellas. Mi madre era una obesa colosal, mi primera esposa jamás pesó menos de cien kilos, incluso la chica que limpia la casa tiene un sobrepeso bastante inquietante e inservible. Creo que cualquier día de estos le va a dar un síncope después de fregar el suelo. Respira como una cerda, como me gusta a mí.Por eso me casé con Adela. Era gorda cuando la conocí. Ahora ya no se puede mover de la cama. Desnuda, sudando, dejando que las grasas llenen la cama entera, así es como me gusta disfrutar de ella. No deja de comer durante todo el día. Cuando no está liada con un trozo de carne enorme, está comiendo pastas de té. Si no come, duerme. Sólo durante un par de horas al día se dedica a llorar. Nada importante. Cuando escucho el llanto, ordeno que suban una buena dosis de hidratos de carbono. Es lo mejor para contener unas lágrimas estúpidas.Adela es como una oca. La miro y puedo imaginar cómo su hígado se está haciendo enorme, siempre metida en la habitación que tanto deseó ocupar, me dan ganas de meterle un embudo lleno de comida triturada en la boca y empujar con fuerza. Cómo me gustaría lograr que reventase. La mejor muerte para una gorda es esa, no un paro cardiaco como el de mi primera mujer. Esa es una muerte absurda. Nada puede hacerse con tanta carne muerta. Todo lo que ocurre en la vida ha de tener un sentido. Morir de cualquier cosa es triste. Nadie debería pasar por algo así. Y es un desperdicio. Habrá que esperar a que llegue el momento adecuado.Me considero un buen tipo, quizás el único que he conocido en mi vida, nunca he podido soportar un sufrimiento vano. Una mujer gorda lo tiene difícil. Ni gusta, ni se gusta, ni tiene las mismas opciones que las chicas normales y corrientes. Siempre quise estar casado con una gorda porque me parece un acto de caridad. Cebar un cuerpo deforme para convertirlo en una obra de arte, hacer de un sollozo un sonido animal, conseguir que la grasa sirva de algo. Eso está al alcance de unos pocos, de los que tenemos aún una pizca de humanidad con los que la mala suerte se ha cebado. Todo es cebar o cebarse.Además, siempre fue más fácil poderse arrimar a ellas y no a las que presumen de ser guapas y delgadas. A esas parece que sólo tienen acceso algunos. Si supieran lo que soy capaz de hacer con un cuerpo se lo pensarían. Seguro.En la alacena están colocadas las latas. Una bonita imagen. Juntas las del mismo color. Las del mismo sabor. Esperar, cebar, disfrutar de los sabores desconocidos para otros, cuidar de los cuerpos condenados a no ser más que motivo de mofa y convertirlos en algo útil. Todo lo que ocurre en la vida ha de tener un sentido. Y sólo los mejores podemos encontrarlo.


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