Odio (2)

– No, no tienes razón. Soy mucho más normal de lo que dices. Nada del otro mundo. Que Dios te bendiga. Y tú pon de tu parte y no hagas locuras.
El muchacho se levanta. Sale de la habitación y, al llegar a la puerta principal, no puede aguantar. Aprieta los dientes y golpea con el puño cerrado la pared. Piensa en tirar fuerte de las mangas de la camisa hasta arrancarlas, en hacer un destrozo con las figuras que adornan el mueble del recibidor. Levanta los brazos a la altura del pecho, con las palmas de las manos hacia delante. Expira con fuerza. Una, dos veces. Toma aire. Abre y cierra con suavidad. Baja las escaleras con lentitud. Es la primera vez que comprende lo que significa la modestia, la trampa que representa. Terrible y certera. Sobre todo cuando se finge para humillar.
En la habitación, el padre abre su libro. En el margen la página que va a leer anota. Los jóvenes ven grandeza donde sólo hay cansancio incapaces de acariciarla sobre sus hombros.


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