Olor a talco

Los niños duermen. Ella lee un libro de poemas. Lo subraya. El grafito mancha el papel susurrando un sentido que ha de ser importante, una sílaba uniforme que astilla el silencio con el cuidado de un beso furtivo. Se levanta y se acerca. Repite lo que acaba de leer declamando con exageración. Un verso conocido por ambos, que huele a talco. Y la recuerdo a los pies de aquella cama de hierro, mirándome con la cabeza apoyada en las manos, los codos en las rodillas, las piernas cruzadas. Entonces era yo el que leía ese mismo verso que habla de lo duro que es no dejarse querer. Y la recuerdo poniéndose en píe, haciéndome jurar que nunca me negaría a recibir lo que me ofreciese. “Pase lo que pase deja que te quiera”. Me besa en la mejilla. “Gracias” me dice mientras desordena mis papeles. Finjo gruñir con ira. Sabe que no puedo seguir con el desorden delante. La novela por concluir puede esperar. Un verso viejo con olor a talco no.


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