Otra estación

La mañana se enturbia con los arañazos de una niebla lenta y avariciosa. El frío llega siempre con capa clara, bien tejida. Un instante antes los pies ardían sobre la arena, el reino del sol en plenitud, porque corre el tiempo ocultándose siempre que puede, omitiendo favores sin recompensa. Parece no querer que nadie le pida explicaciones. Pasa, se agota para cada cual, se escapa sin aviso sumando en la piel otra marca que avisa. Y no regresa. Jamás. El ayer se convierte en un presente extraño, diferente y es que el tiempo ha escapado sin que nadie haya tenido tiempo para anotarlo en el debe o en haber. Cierro los ojos con el sol dañando los ojos. Despierto con un disfraz de frío tejido a la medida.
Miro desde la ventana que se ensucia con el vaho. La niebla envuelve una figura que se mueve por el asfalto. Bien podría ser yo mismo visto por otro. Una insignificancia condenada a perder los segundos sin noción.
Alivia saber que la próxima mirada servirá para apreciar las yemas verdes de unos árboles pelados. Justo después de darme la vuelta, sin tiempo para pensar.


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