Padres e hijos o el mundo duplicado

Sofía es de Valencia. No la he visto en mi vida, pero me hace reír.
Es la hija de una compañera de trabajo con la que comparto preocupaciones. Sus hijos tienen edades muy parecidas a las de mis dos hijos mayores. Estudios, adolescencias prematuras, viajes a no sabemos bien dónde, futuros inciertos y cosas así.
Y Sofía me hace reír. Casi todos los jovencitos lo consiguen. Desenfado, entusiasmo, ataques de fracaso y vida horrorosa, espontaneidad. Todos son muy parecidos. Su madre me cuenta y, muchas veces, ni contesto. Al fin y al cabo, le contaría lo mismo de los míos. Los padres también lo somos (parecidos). Nos desahogamos unos con otros sabiendo que se hacen cargo y entienden lo que queremos decir. Y es que el mundo es muy pequeño, es un calco de sí mismo en cada rincón.
Gonzalo es de Madrid. Es mi hijo. Este me hace menos gracia que Sofía. Los padres tendemos a mirar desde lejos lo de los otros, a ser comprensivos, pero a no entender casi nada de lo que nos pasa en casa. Es lo que tiene no ser desenfadado, ni ser adolescente, saber a qué lugar vamos y tener un futuro incierto a esta edad (en esto somos idénticos los jovencitos y los adultos).
Seguramente, con esto de internet, un día de estos se pondrán mensajes para desahogarse uno con el otro. Entre ellos, también, se apañan bien cuando tienen que soltar barbaridades por la boca sobre los padres.
Y el mundo seguirá a lo suyo. Imitándose en cada esquina. Igual que hacen los hijos con sus padres aunque no lo sepan. Por eso me hacen reír. Porque les envidio. Me gustaría pensar que nada está inventado, que el mundo es cosa mía y de nadie más. Como les pasa a ellos. Qué suerte.


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