Padres y futuros ajenos

Los padres de hoy en día andamos obsesionados con algunos asuntos que tienen que ver con nuestros hijos y, llegado un momento determinado, poco o nada con nosotros mismos. Asuntos que llevan irremediablemente al mismo lugar, a un territorio común de todos los padres y madres del mundo, que resulta aburrido y casi estúpido. Los hijos (los propios porque los de los demás nos traen al fresco) deben ser lo mejores en todo, los más inteligentes, los primeros en escribir, en dar el primer paso, en decir ajo siendo bebés. He asistido a verdaderos dramas porque una madre comprobaba, entre grandes lamentos, que otro niño echaba los dientes antes que el suyo. Los mejores en algo, al menos en algo; en lo que sea.
Alguna vez he dicho que, si a unos padres cualquiera, les comunicásemos que su hijo es justito intelectualmente aunque un santo, la mejor persona del mundo, esa pareja se deprimiría y viviría en la eterna desesperación. Por el contrario, si unos padres se enteran de que su hijo es listo como el hambre, muy inteligente y muy mamón porque no deja hacer su trabajo a los profesores o porque sacude estopa a los compañeros, correrán a gastar chistes sobre el chaval; fíjate, nos tiene loco, hay que ver con lo listo que es y lo malote que nos ha salido, ji ji ji, ja ja ja. Así están las cosas. Esto es algo mucho más habitual de lo que parece. Por supuesto, hablo de lo general. Algún caso habrá diferente a lo que digo.
Actualmente, se prima la posibilidad de competir en sociedad en lugar de premiar eso que conocemos por colaborar con la sociedad, trabajar de forma altruista por los más desfavorecidos o, sencillamente, no querer acabar con el de enfrente que parece mejor que tú. Porque, todo hay que decirlo, en esa competencia social parece que ya vale todo. Que nadie se lleve las manos a la cabeza porque esto se puede comprobar con cierta facilidad. A veces es suficiente con grabarse un vídeo a sí mismo.
El absurdo se roza cuando queremos preparar a nuestros queridos hijitos desde la más absoluta superprotección y, posiblemente, desde la intromisión más descarada en sus vidas. Lógicamente, si evitas a tu hijo cualquier roce con la realidad, esa zona dura que nos toca vivir antes o después, la preparación del guerrero se convierte en una caricatura. Y lo de entrometerse en exceso se califica por sí mismo. Los padres gastamos verdaderas fortunas en la formación de nuestros lindos retoños, cada recibo mensual nos parece que es la letra que abonamos por ese trabajo que creemos estar comprando a plazos. Los padres tratamos de influir en las decisiones de futuro de los hijos sin pudor alguno, sin pensar en su felicidad. Eso o obligamos a estudiar esto o aquello al muchacho. ¿Por qué? Porque lo digo yo o porque de algo tendrás que vivir. Debe ser que hemos decidido que sólo hay sitio para licenciados. O que los que estudian letras están condenados al fracaso más escandaloso y los de ciencias van a tener un futuro cierto y placentero. Debe ser que nos estamos convirtiendo en verdaderos majaderos.
Sin embargo, la cosa no está clara. Hace muy poco escuchaba decir a un experto en materia universitaria que las facultades de medicina en España han crecido como hongos por aquí y por allá. Es decir, el número de médicos se multiplicará en unos años. Pues bien, este hombre afirmaba que el paro será una lacra para los licenciados en medicina. Entre la cantidad de ellos que habrá y el MIR, será difícil conseguir un trabajo de calidad o un trabajo a secas. Por otra parte, escuchaba decir a una señorita; experta en lenguas muertas, que lo quiso ser desde que comenzó a estudiar bachillerato; que no le falta trabajo, que, al contrario, no para puesto que no hay profesionales suficientes en ese área. Como ven la cosa no está tan clara como creemos los padres. Eso de obligar a los jóvenes a estudiar esto o aquello para que no se mueran de hambre es algo que deberíamos pensarnos un par de veces. No deja de ser una forma de obligar sin sentido alguno y sin la más mínima garantía de éxito.
Es verdad que, actualmente, es duro abrirse camino en la vida. Tan cierto como que siempre lo fue. Tal vez, no sea la peor de las épocas para hacerlo. Piensen ustedes en la edad de piedra, o en el medievo o, si me apuran, en la postguerra española (que entre unas cosas y otras era muy parecida a esa época de señores y castillos). Es verdad que la formación es necesaria. Siempre fue así. Lo que ocurre es que somos muchos. Ese es el verdadero problema. Muchas personas. Muchas máquinas. Pocos valores.
Pero también es verdad que la felicidad, que no convertir nuestra vida en un valle de lágrimas (cosa muy cristiana que tuvo gran calado durante siglos y seguimos arrastrando como una losa) debería ser una prioridad para todos. De padres, de hijos y de cualquier tipo de espíritu. Estamos perdiendo la perspectiva (si es queda algo de ella) y es raro no pensar que ser feliz significa tener mucho dinero, muchas cosas y, por supuesto, una licenciatura universitaria. Ser feliz es un estado de ánimo muy transitorio que puede llegar con una puesta de sol, con ver a un ser amado superando una adversidad, compartiendo un paseo con alguien al que estimas. ¿Ayuda el dinero a ser feliz? Supongo que sí, que algo facilita las cosas, pero no es ni el único factor ni uno de los más importantes. Ahora, mientras usted lee esto, alguien con el bolsillo lleno de billetes de 500 € está llorando porque se siente solo o porque no es capaz de sentirse amado.
Los padres queremos que nuestros hijos sean los mejores en todo cuando nosotros estamos colocados en mitad de una normalidad que nos ha tratado medio bien. Dejemos de presionar a nuestros hijos, de dibujarles un futuro, porque ya tendrán ellos tiempo de trazar un dibujo a la medida. A la suya. Que sean ellos los que elijan. No vaya a ser que les estemos diciendo no a lo bueno. Dejemos que sean normales. Y convirtamos a cada uno de ellos en muy, muy, buenas personas. Es todo lo que podemos hacer por ellos sin posibilidad de error. Y es lo que hace falta en este mundo. Además, las buenas personas nunca supieron lo que era inscribirse en el paro por ser así.


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