Pasar las de Abel

Abel era un buen chaval. Caín, por el contrario, debía ser un tipo de carácter difícil. Esto, dicho así, podría parecer una afirmación de carácter personal y, posiblemente, subjetiva. Pero no. Esto lo dijo el mismísimo Dios. Al menos eso cree buena parte de la humanidad. El caso es que Abel se dedicaba a llevar de un lado a otro a sus rebaños, a sacrificar el mejor de sus corderos cuando tocaba para ofrecérselo a un Dios silencioso (algo irritado con los padres de estos muchachos por liarse a mordiscos con una manzana), era paciente y tranquilo, asumía la palabra divina como obligación. Un buen chaval. Caín, por el contrario, siempre por el contrario, plantaba, construía cabañas en las que se quedaba a vivir, cazaba animales para comer (en la cabaña), era envidioso y no escuchaba la palabra de su Dios o si lo hacía le parecía una patraña. En realidad, lo que hacía Abel (el bueno de la historia) era seguir las instrucciones que recibieron sus padres antes de salir, con una mano delante y otra detrás, del paraíso. Habían convivido con Dios y cometieron un error. Tocaba buscarle sin cesar (buscar es lo que hacen los nómadas; buscan pasto, buscan agua, buscan el mejor clima; seña de identidad del pueblo judío desde que es eso, un pueblo identificable e identificado). Abel obedecía. Y Caín a lo suyo. Ni buscar, ni nada de nada. Dos formas de vida enfrentadas.Un buen día, por un quítame de aquí estas pajas, Caín le sacude con una quijada de asno a su hermano. En el cráneo y con bastante mala leche. Tanto es así que se lo carga. El sedentarismo acaba con el nomadismo. El hombre que se equivoca al interpretar la palabra de su Dios. Menudo desastre. Dios le pide explicaciones al homicida y este miente. Pío, pío que yo no he sido. Pero está hablando con el que todo lo sabe y no cuela, claro. En fin, que se le ponen feas las cosas y termina enfrentándose al resto de la humanidad con un estigma que le hará reconocible. De ahí viene eso de “pasar las de Caín”.Todo esto me hace pensar sobre la cantidad de hombres y mujeres como Caín que hay en el mundo. Y en los que son como Abel.El más Caín de los caines (creo que se llama Bush y es medio tonto, de eso estoy seguro) decide que eso de la moral, de la honradez o de la ética es cosa de película romántica. Promete un mundo cómodo en el que no hay nada que buscar porque él nos lo proporciona. Seguridad ante los señores con barba y turbante, dinero en la cuenta corriente, empresas maravillosas por las que tenemos que dejarnos los mejores años de nuestra vida a cambio de bienestar (¡qué mentirosos son los empresarios!) y una quijada de asno colectiva con la que arrear leñazos a los que viven al otro lado de la rayita que divide los colores del mapa. Y nos lo creemos, nos convertimos en caines enanos que se tragan lo que sea necesario. Los honrados acomodados. Los que no hace mucho éramos señalados despectivamente por ser burgueses, causantes de todo lo malo que pasa en este mundo. Con mucha razón. Todo hay que decirlo.En la esquina contraria el colosal pelotón de abeles. Bien. Con calzón negro y sin botas. Bien. Cientos de millones de seres humanos. Bien. Campeones del mundo en miseria. Bien. Buscadores de algo que ni siquiera saben lo que es. Bien. Se agarran a la religión porque es gratis. Bien. No han ganado un combate jamás. Bien. Dispuestos a recibir golpes de quijada sin rechistar. Bien.Qué velada tan patética.Usted que es un Caín más (no lo dude, tiene un ordenador delante y eso le convierte en ello directamente) y yo (otro Caín con acceso a Internet a través de línea adsl) deberíamos plantearnos todo esto. Jugar a las empresitas, mirar a los abeles que llegan en pateras como si viéramos un capítulo más del documental “Vida salvaje”, dedicarnos a mandar siendo unos provincianos que nunca pensamos en llegar hasta aquí, creer lo que nos dicen los políticos porque nos sentimos menos responsables ante tanta mierda o procurar joder al que tenemos por debajo, no nos lleva hasta el infinito y más allá. No, no, no. Nos hace mezquinos. El mundo es mucho peor gracias a lo que hacemos cada día. Mucho peor. Hemos decidido ser como Caín y ha sido una equivocación.Hagamos un esfuerzo, usted y yo. Ambos. Mañana pensaremos en la poca cosa en la que nos hemos convertido a cambio de unos euros. A ver si hay suerte y nos da por cambiar un poquito. Aunque sólo sea un poquito. Ánimo, mi querido Caín.
P.D.: Este es mi particular sermón navideño. Bien podría haber sido una homilía dictada en la misa del gallo. Pero no soy cura, soy escritor, y ya ven que mezclo relatos bíblicos con boxeo e, incluso, conmigo mismo. Imperdonable. Feliz navidad a todos.


Comentarios cerrados.